domingo, 3 de febrero de 2013

Miscelánea

[Escrito el 29 de Enero]

Dieciocho. Dieciocho días desde la última vez que escribí en el blog, y ya olvidé cómo es que se comienza una entrada sin hacer una introducción brusca.

Aquí vamos.

Plusvalía

Hace un par de semanas renuncié a mi trabajo, y el día sábado fue oficialmente mi último día en él. Las siete últimas semanas se habían tornado demasiada pesadas, estresantes e intensas para mí. Desde que a fines de noviembre se marchó el último almacenero, toda la carga del área de almacén recayó sobre mí, y me convertí sin querer en almacenera, digitadora (el puesto por el que ingresé) y un poco de logística a la vez. Recibía mercadería, hablaba con algunos de los proveedores, despachaba la mercadería, corría a comprar por si faltaba algo, ingresaba documentos y producciones, veía el tema del costo compra, solucionaba los problemas que se presentaran incluso si no me competían (como llevar a arreglar una licuadora o comprar artículos que los proveedores no habían traído), y por supuesto, soportar la presión que el gerente de tienda ponía sobre mí, sin contar la que ya venía de Administración. Algunos días trabajaba trece, catorce, quince hasta dieciséis horas al día, en el mejor de los casos, diez. Pero me pagaban ocho. Novecientos soles no eran una remuneración decente a todo el desgaste físico y mental que demandaban, y no compraban el tiempo, mi tiempo. La renuncia era obvia. Y justa, creo yo, así que ni siquiera intenté negociar.

(A mis veintidós años, recién es que entiendo y le doy crédito a esta frase)

Parece de Limón pero es de Jamaica y sabe a Tamarindo

Hoy inicié algo nuevo, o en todo caso, retomé algo que en el pasado ya había hecho: Vender. Antes era un juego de niños, entonces yo tenía cuatro o cinco años y le seguía la falda de mi mamá quien era una exitosa empresaria (historia que algún día contaré), pero que ahora es una cosa a la quiero dedicar parte de mi tiempo mientras espero respuesta a mi reciente postulación a un nuevo trabajo. Hoy, cajita en mano, salí a vender chupetes.

Vendo chupetito, de mango casera, están bien ricos.

Sé que no es la mejor idea que se me pudo haber ocurrido, pero tenía que empezar con algo, y sin haberlo pensado dos veces, ya había comprado mi caja de técnopor, mis tres kilos de mango y mis bolsitas de chups.

Banner hecho por mi grupo de markéting. Mis sobrinas.

Salí a las 11:00 de la mañana rumbo al Mercado de Magdalena, con mi cajera y mi mini Counter (mis dos sobrinas) 25 chups a setenta céntimos , y cierta vergüenza que tenía que superar. Sin hacer mucha propaganda, una señora verdulera me detuvo y se ofreció a comprarme uno (tenía sed desde que salió de casa) pero se quejó de que mis chupetes estaban muy aguados (pura pulpa pe casera) así que le di uno de los que estaban al fondo (bien durito) y continuamos nuestro camino [más adelante, cuando regresamos por el mismo sitio, la chica me dijo: "estaba bien rico tu chupete, amiga" :) ]  Me acordé del casero al que le compraba Descartables, y me compró cuatro, y me acordé de la señora a la que le llevaba las licuadoras de mi anterior trabajo para que las arregle, y me compró dos, y me acordé de la casera a la que le compré leche y azúcar para hacer mis chupetes, y me compró cuatro, y así y asá vendí quince en total, en media hora. Nada mal. 

Regresamos a casa con los diez chupetes semiaguados y los metí al congelador junto a los diez chupetes que mañana venderé (por la tarde, después de venir de estudiar) y luego de calcular nuestras ganancias, les di a cada  una, una moneda de un sol ("tan poquito?", me dijo una de ellas). Mañana será otro día.

[Escrito hoy, domingo 03 de Febrero]

Teatro

Desde la semana pasada asisto a un taller de Teatro. No es como lo que yo esperaba, porque mi concepto de teatro, limitado y superficial que tenía, contrastó inmediatamente con la primera sesión que tuve, pero vale decir, fue genial. Me metí tratando de sacar un poco más de mí a una Paty extrovertida, espontánea, sociable, ocurrente, y que no se cohíba con facilidad. Aún recuerdo, uno de los trabajos esporádicos que tuve el año pasado. Estaba en un call center y tenía que vender chips de celular a los costarricenses. Movistar recién ingresaba a ese país y quería barrerse a la competencia. Yo, sentada en mi cabina, era una de las tantas agentes que formaban parte del engranaje para conseguir ese objetivo. Todo lo que tenía que hacer, era marcar un número, leer el speech introductorio y parlotear al cliente hasta que éste cayera y me comprara un plan. Mi índice tembloroso marcaba dubitativamente cada dígito del número. Me había costado tres minutos de reflexión antes de animarme a marcar. Mi corazón palpitaba a mil y los nervios y la tensión se escapaban de mi control. La sensación y la acidez en el estómago me jodían pero tenía que lidiar con ello,  porque tenía que hacerlo, y pensar no era una opción, porque cuando piensas es mayor la idea de abandonarlo todo y no regresar. Así que no trataba de pensar y trataba más bien de hacer. Era un reto, y no iba a retroceder.

Siempre pensé a qué se debían mis nervios si no soy tímida y si con la gente desconocida hablo con la misma naturalidad con la que me hablo a la gente que conozco de años. Se me ocurrió que es posible que sea por mi carácter condescendiente y más bien no dominante. Conversar con alguien es distinto a ofrecerle algo y tratar de convencerlo a que te lo compre. Odio incomodar a la gente, odio joder a la gente, y odio sentir el fastidio de esa gente a causa de mí. Por eso odio insistir. En realidad es porque tengo esta costumbre de ponerme en los zapatos del otro y tratarlo como si me tratara a mí. Y no me gusta que me insistan en algo al que ya dije 'no'. Lo tomo como un insulto a mi palabra y dependiendo cuáles son los argumentos para insistir, a veces lo considero una burla para mi inteligencia. Para vender hay que saber insistir, ser persuasivo, y ser poco ético, a veces, porque incluso consciente de que lo que ofrece la competencia es mejor de lo que tú les das, tienes que fingir que lo es. 

Estaba haciendo algo que iba en contra de mis principios y mi forma de ser, y temblaba toda por dentro, pero estaba segura, nadie en esa sala se ponía tantas vainas como las que me ponía yo, y de alguna manera, quería ser como ellos, y fue mi reto pendiente, porque renuncié. No por esas razones sino por un tema de horario, pero me salí sabiendo que era algo que tenía que corregir.

Por eso me metí a vender chups. Algo sencillo, pero la esencia de lo que quiero conseguir es importante para mí. Quiero sentir nuevamente qué se siente cuando la gente te dice 'no' a algo que le ofreces, pero mantener el ánimo y la sonrisa, sincera y optimista; y quiero aprender a vender. No a fregar ni insistir, sino aprender a ser persuasiva, a no estancarme en un 'no'. Pero primero tengo que sacarme el chip de la cabeza, esta regla de oro que es la base por la cual se erigen mis normas personales de trato social: "tratarás a las personas como te gustaría que te traten a ti". Ya descubrí que es un error, porque no todas las personas son como una, y bien algo que no me gusta a mí podría gustarle a los demás, y a la inversa. Debo cambiar y eso queda pendiente.

Pero volviendo al teatro, fui por invitación de un amigo y accedí de inmediato no porque me guste (que tampoco no es que no me guste) sino porque le encuentro una utilidad. Algún día me gustaría también meterme a Improvisación. Mis primos son geniales, porque su estilo de humor es entre sarcástico y burlón, y siempre que estoy con ellos me arrancan una risa, pero mientras ellos van destilando creatividad, yo estoy allí sólo de espectadora. Tengo mis chispazos de chispa, es cierto, pero son sólo eso, chispazos, chispazos que no aparecen en los momentos que necesito, como por ejemplo, continuar el hilo del chiste a un amigo o dar una respuesta rápida y aguda a una ofensa/burla. A lo Sheldon Cooper: Me dices algo ofensivo/burlesco hoy, cara a cara, y mi respuesta te la envío por email al día siguiente. Así de lenta soy.

Necesito Improvisación.

Audiobiografía

Hace poco más de una semana he empezado grabaciones diarias ( sólo voz) narrándome a mí misma las cosas que me ocurren por fuera, como las que me pasan por dentro; me propongo objetivos y me recuerdo los que me propuse antes, y hago a veces un breve análisis de las cosas que hice o dejé de hacer para hacerlas realidad. Hablo en un promedio de 8 ó 9 minutos lo que probablemente me tomaría escribir tres horas, así que si se trata de tiempo, gano por goleada. Me está ayudando mucho, aparte, porque yo soy muy mala recordando las anécdotas pasadas (mis amigas me cuentan tan vívida y nítidamente sobre nuestros primeros días de universidad, o sobre aquél viaje de promoción en la secundaria, y yo les envidio esa capacidad, porque todo lo que es pasado yo siempre lo recuerdo muy vagamente) y el llevar un recuento diario, espero, me permita potenciar un poco más mi desnutrida memoria emocional.  Es muy catártico, la verdad. No te dará la opinión de un mejor amigo ni te ofrecerá tu hombro por si quieres llorar, pero estará ahí contigo a la hora que quieras y en el sitio que quieras; sólo debes asegurarte de que la batería de tu celolar esté okey.

***

Ahora que estoy escuchando más seguido mi voz, me doy cuenta que suena algo rara. La que sale del celular, quiero decir. Por cierto, recién reparo también que la voz que suena en mi cabeza mientras pienso o mientras leo algo que yo misma he escrito, suena diferente a la voz que yo me escucho mientras hablo, y ésta, a su vez, es distinta a la voz que se emite por el grabador de voz. Me sorprende más la diferencia que existe entre las dos primeras. Supongo que le pasa a todo el mundo. Me gusta más la voz de la Paty que me habla mientras pienso, mientras escribo esto. Quizá por eso es que, aun cuando grabarme me ahorra tiempo y me permite ser más detallista con lo que cuento, me sigue gustando más escribir. Debe ser por el asunto de la voz. O qué sé yo. Me he dado cuenta incluso que me gusta más la Paty que piensa que la que escribe, y que me gusta más la que escribe que la que habla. Como que mi voz interior suena más romántica y ligera, pero escribo, porque necesito materializar mis ideas, porque mi superficialidad me lleva a querer mantener un registro físico de mi existencia y porque de algún modo pienso que si todo se quedara aquí en mi mente y mis recuerdos, en algún momento, eso podría perderse. Y está la idea de trascender, supongo. Y por último, hablar, y en este caso, grabarme, es más una cuestión de utilidad que de gusto mismo.

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No sé si Dios nos da un cuerpo correcto a todos. Yo no lo creo. No me gusta mi apariencia física, y aunque no me quejo de ello (y por último, quejarme no cambiará nada en lo absoluto) no creo que mi físico sea una proyección de lo que hay en mi interior. Desde que me di cuenta de que debía, en la medida posible, hacer que lo que llevo dentro se refleje en mi imagen exterior, fue que empecé a preocuparme por mi apariencia (sí, antes ni me iba ni me venía). Recién a los 21 me compré mi primer lápiz labial, mi primer delineador, me hice mi primera depilación, empecé a ir a la peluquería por iniciativa propia y no por imposición y comencé a elegir mejor mis prendas de vestir. Me di cuenta que no basta con ser, hay que parecer. A veces se me olvida, obviamente, porque no está en mi naturaleza ser periquita o mona, pero en ésas estoy.

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Okey, este post se me fue un poquito de las manos, pero yo sólo quería escribir y ya está hecho. Ya saben, no me gusta borrar.

[Éste es un buen video. Es una advertencia para aquéllas personas acostumbradas a exponer  y compartir demasiado detalles de su vida en Internet. ]

Cuidado con lo que publicas en línea