jueves, 29 de marzo de 2012

Me gusta

-Me gustan las personas amables y nobles, y las que saben decir “gracias”, “por favor” y “disculpa”.

-Me gusta la gente pilas, la gente optimista. Siempre que puedo, busco juntarme con ellas. Me gusta la gente que ve oportunidades donde otros ven un obstáculo, la gente que no es quedada y siempre está buscando algo mejor.

-Me gustan las personas honestas. 

-Me gusta la gente que es capaz de quedarse en silencio. Si eres una persona que ha sido capaz de quedarse en silencio conmigo, es decir, un silencio que no es hueco ni vacío, sin que ello implique incomodidad, entonces acabas de convertirte en mi amigo.

-Me gusta la gente diferente, que es siempre ella misma sin importar lo que diga el resto. Por ello, prefiero mil veces a las personas que tienen ideas “ridículas” pero ideas propias, antes que aquéllas que siempre usan ideas “magníficas” pero que no son suyas. Me gusta la gente que es original, creativa.

-Me gustan las personas a las que les gusta correr riesgos, que no tienen planes, que simplemente viven y disfrutan la vida. Me agradan mucho las personas que no se toman las cosas demasiado en serio, y que tampoco se toman tanto en serio a sí mismos.

-Siento una fascinación particular por la gente superdotada intelectualmente. De hecho, creo que es más porque me siento mucho más cómoda desarrollando actividades intelectuales.

-Me gustan las personas que huelen rico. 

-Me caen bien las personas que odian el queso, como yo.

-Me agrada la gente que expresa sus ideas y sentimientos, aunque no todos lo tomen a bien. Me agrada la gente que es sincera, no me importa si ello implica que se pavonee de sus logros o actúe sin querer en forma jactanciosa, si viene de adentro, para mí está bien.

-Adoro a la gente que tiene una pulcra ortografía.

-Me agradan las personas con la que puedes ser tú misma, las que te hacen sentir cómoda, como en casa. Me agrada ese tipo de gente que es tan tolerante y comprensiva que no sientes el temor de “pensar en voz alta”.

-Me gustan las personas que siempre están de buen humor, que siempre están sonriendo. Mejor si saben hacer buenos chistes o poseen un humor elegante o inteligente.

-Me agrada la gente que sabe dar; que cuando invita, no mira precios.

-Me gustan los hombres caballeros, los que sostienen tu bolso al caminar, los que te ceden el paso, los que te invitan el helado, los que se ofrecen a pagarte la cuenta del almuerzo, aunque después de que la peleas pierdan, pero igual, vale el intento. Me gustan los hombres que hacen lo anterior sin ningún interés detrás; que lo hacen simplemente porque simplemente son así, porque ésa es su esencia.

-Me cae bien la gente que no fuma o no sabe fumar (odio el humo del cigarrillo).

-Me gusta la gente autosuficiente, independiente, que se vale por sí misma, que tiene correa, que es progresista.

-Me agradan las personas extrovertidas, no de las ruidosas, si no las que siempre dicen lo que piensan y sienten, las que se muestran como son, las que no se guardan demasiados secretos, las que se abren con facilidad a los demás. Me gusta ese tipo de gente. Lo curioso y contradictorio es que los chicos que me han gustado han sido siempre los reservados, los de pocas palabras, los misteriosos. Pero en fin.

-Me agrada la gente que sabe elogiar y piropear, no de los elogios empalagosos o de los piropos  acechantes, sino de los bien caleta, los que yacen implícitos; de aquellos que escuchas, piensas un poco, y después de un par de horas, todavía sonríes.

-Me gustan las personas que nunca te mencionan lo importante que eres, ni lo mucho que te quieren, pero que con sus detalles y atenciones lo dejan implícito.

-Me gusta esta canción que he escuchado ahora último:



Ah, y me gusta Sheldon Cooper :)

miércoles, 21 de marzo de 2012

Y en qué momento me jodí?

Era una muchachita sobresaliente. Saqué el primer puesto desde el segundo de primaria hasta terminar el quinto de media. Siempre me esforzaba por sacar la máxima nota, por ser la mejor, por hacer tareas impecables; solía trasnochar a causa del perfeccionismo que profesaba en aquel entonces, haciendo una y otra vez el mismo trazo en busca del dibujo perfecto, o encontrándole la lógica o ‘raíz’ a alguna fórmula matemática.  Los profesores siempre me tomaban de ejemplo, cada año era la elegida para declamar poemas o pronunciar discursos; era aplicada y tranquila, mis compañeros me querían(o eso quería pensar) y algunos otros me admiraban. Siempre me seleccionaban para policía o brigadier escolar, y en mi último año, tomé a regañadientes el cargo de brigadier general.  Solía participar en casi todo, ya sea para bailar alguna danza, formar parte del batallón general en una marcha, participar en los concursos de conocimientos o en los de poesía o en lo que sea.

Mis compañeros siempre recurrían a mí por ayuda. Iban a mi casa a hacer las tareas (tareas que yo ya había hecho) y cuentan por ahí que algunos iban sólo porque yo les gustaba, pero a mí igual eso no me gustaba, me jodía tener que explicar una y otra vez las cosas que ya había explicado el profesor, pero lo que más me fastidiaba era emplear mi “valioso tiempo” en personas a las que sólo les importaba sacar notas aprobatorias y pasar de año, como la mayoría, creo yo, mientras yo exprimía al máximo mi tiempo con el fin de dedicar esas horas libres en satisfacer la curiosidad intelectual de púber que entonces tenía. Me jodía tener que perder el tiempo dando clases gratuitas de matemáticas a mis compañeros, quienes no entendían a los profesores o no les prestaban atención, y por ello para mis adentros deseaba fervientemente estudiar en un colegio para “alumnos de inteligencia superior”, porque sí, entre los casi 40 alumnos que éramos, yo siempre me consideraba la más brillante. La más brillante incluso de todo el colegio.“Mi cerebro no merece este lugar”, parecía decirme a veces.

Sin embargo, siempre me contradecía a mí misma ante estas súbitas y repentinas subidas de humo y me comportaba como un ángel. O como una monce. Ayudaba a mis compañeros en sus tareas, enseñaba desinteresadamente, dictaba clases gratuitas, colaboraba con “mi competencia” explicándole ejercicios difíciles que a mí me habían tomado una tarde resolver; tenía mis propios intereses, pero los dejaba a un lado por emplear ese tiempo en ayudar a los demás; algo en mí gritaba cuando hacía eso, y no me satisfacía para nada, pero tampoco era capaz de negarles la ayuda, porque yo no era mala ni quería serlo. Y por eso era monce.

A pesar que hablaba bastante, era sumamente reservada, al menos en los temas emocionales. A nadie le comenté que por aquél entonces, cuando tenía 14 años, había redactado un trabajo en la que anunciaba unas observaciones personales alrededor de los números enteros para enviarlo a la Sociedad de Matemática Peruana; luego ya en la universidad me daría cuenta que mis “observaciones” (léase: mis descubrimientos) no eran más que propiedades generales de las congruencias en los números enteros. A nadie le comentaría tampoco que estaba estudiando por mi cuenta a los números primos , y que había logrado concebir una propiedad que los conectaba con los números de Fibonacci. No hablaba mucho menos de mi interés por las patologías mentales, los sueños y la hipnosis. Que estaba leyendo a Freud. Que me encantaba leer biografías de personajes notables porque secretamente me proyectaba en ellos. No hablaba de mi fascinación por la filosofía ni que estaba planeando escribir un libro sobre un nuevo postulado que se me había ocurrido: “No somos lo que somos, sólo vivimos un ser”, que en palabras más bonitas quería decir: “No mereces por lo que eres, sino por lo que has vivido”. Sólo intentaba aparentar ser una alumna aplicada más, el resto, era mi secreto.

Jamás solté una palabra acerca del único chico que me había gustado fuertemente en la secundaria. Quería a mis amigas a mi manera, pero siempre me mantuve reacia para darles esa información. Nunca intentaría nada con ese chico tampoco por más que mi fama de mejor alumna lo había llevado a sentir respeto y admiración por mí. En ese entonces, quizá como ahora, me tomaba las cosas del corazón demasiado en serio que no pretendía tener una relación con alguien al menos que ese chico fuera para mí el amor de mi vida, el hombre a quien querría más que a nadie y nada en el mundo. Y él no lo era.

Quien sí lo era, en cambio, era mi amor platónico sobre el que no hablaría tampoco. Nadie excepto mi hermano sabía que a los 11 años había conocido al chico de quien me enamoraría después, y el que terminaría siendo el causante, quizá, de que no me haya enamorado una segunda vez. Aunque eso es ya otra historia. El punto es que sentía que no encajaba en ninguna parte. Ni en el colegio ni en mi casa. No tenía interlocutores intelectuales, a mi hermano “le llegaba” mis temas de conversación y de pronto éstos pasaron a ser monólogos; mi tía no me comprendía, M no me entendía, y yo sentía que no podía ser feliz siendo yo misma, y por eso decidí sin querer adaptarme a los demás, de seguirle el hilo a sus hábitos y conversaciones, reprimir varias cosas y fingir otras para quedar bien, para que ellos se sientan bien.

 Al no encontrar lugar ni persona con la que yo pudiera ser yo misma y estar a gusto, empecé a escribir, a escribir compulsivamente, a escribir demasiado. Aún así renegaba del colegio, pero seguía sus reglas mansamente, quería rebelarme, pero cumplía sin chistar con los deberes; me quejaba por dentro de los malos profesores, criticaba el sistema de la educación, solía decir para mis adentros de que “esta clase no me sirve para nada en la vida”, pero igual iba todos los días al colegio a estudiar. Sentía que mis compañeros sólo me “usaban” porque estaban detrás de mí cuando necesitaban mi ayuda y me dejaban sola después, pero seguía apoyándolos.  Mi única motivación era ser la mejor, ya no sé si por lucirme o por satisfacción. Por fuera era toda humildad y nobleza, pero por dentro brillaba de orgullo y presunción. Once años duró, y las pocas cosas que tengo para recordar son las reuniones con mis amigas, en las que ellas contaban leyendas o historias de suspenso y terror. Lo poco que tengo para recordar, es a aquél chico que me gustaba fuertemente, las veces que salía a los recreos sólo por mirarlo desde el balcón o cuando lo seguía con la mirada mientras abordaba el bus; recordar todas y cada una de las veces en la que me habló.

Cuando salí del colegio, sentí alivio, y quería ingresar a la universidad de una buena vez. Sólo semanas después, me matricularían en la conocida academia César Vallejo para estudiar un ciclo verano. Estuve ahí dos meses, postulé a Matemática en San Marcos, e ingresé. No era muy difícil ingresar a la carrera, pero aún así mi presunción interna volvió a surgir y una voz replicó en mí: “Y estudiando toda la vida en colegio estatal”.

Desde mi último año del colegio ya había empezado un cambio en mí, cuando me di cuenta que mi hermano se esforzaba mucho menos pero aún así obtenía casi los mismos resultados que yo, gracias a él aprendí a tener confianza en mí misma, en mis habilidades y talentos. Ya para cuando llegué a la universidad era una chiquilla diferente, pero que aún así conservaba los ‘buenos’ hábitos del colegio: asistía a clases, cumplía con los trabajos, copiaba la pizarra, resolvía los ejercicios propuestos. Pasé invicta el primer año en la universidad, lo cual era plausible en una carrera como la Matemática (fácil de ingresar, difícil de mantenerse); pero las cosas comenzaron a moverse en otra dirección cuando pisé el cuarto ciclo. En el invierno del 2008 sucedió algo en mí, y ya no fui la misma. De hecho, aquel evento no fue el motivo de mi cambio de actitud, pero sí marcó el inicio de eso. Desde entonces, lenta pero progresivamente, me preocupé menos por estudiar. Sólo estudiaba lo justo para aprobar, para sacar un 11 a duras penas. Empecé a tener otras distracciones, aquellas que durante el colegio no pude gozar: Me vi más de 20 novelas coreanas, seguí todas las temporadas de Numb3rs, me aplasté a ver un montón de películas, salía y conversaba más a menudo con mis amigos, todo a sacrificio de mis horas de estudio.

 Esto es vida!

Pero si en el colegio me sentía incomprendida, mismo carnero negro de Donofrio, en la universidad fue muy distinto. Me sentía en mi hábitat, todos compartíamos ahí el gusto por la matemática y algo más, de uno u otro modo ya no sentía el temor a que me vean con los ojos de ‘eres rara’, y fue esa convicción la que me permitió saltar de los temas académicos, a los más personales. Como dije, en el colegio era extremadamente reservada con eso, no revelaba a nadie mis verdaderos sueños y deseos, ni aquellas cosas que me hacían interiormente feliz; pero en la universidad me abrí tanto que fui capaz de develar incluso aquella historia de amor desde niña guardada.

En el plano emocional me iba bien, sentía que el vínculo que me unía a mis amigos era mucho más fuerte y libre de caretas, por primera vez empezaba a sentirme cómoda con alguien siendo yo misma; me sentía llena.
En el plano académico, sin embargo, las cosas ya se me estaban escapando de las manos. Noté que un par de compañeros no iban a clases y  sin embargo obtenían notas brillantes, y yo quise hacer lo mismo, comencé a faltar a clases como ellos, con la única diferencia de que ellos estudiaban, yo no. A costa de estudiar apurada y a última hora, obtenía notas mínimas aprobatorias. Y eso me bastaba. Fue entonces que mi despreocupación comenzó a ser mucho más descarada; mientras mis compañeros estaban en clase, yo estaba comentando o escribiendo algún post , y todavía frescamente, en una de las computadoras de mi facu. Mientras ellos resolvían las preguntas del examen, yo que no entendía ni pío, me dedicaba a retar al profesor escribiéndole famosos problemas matemáticos aún sin resolver. Obviamente a medida que avanzaba, los cursos de los ciclos superiores se ponían más pesados y te exigían más dedicación, y ya estudiar a última hora o asistir a un par de clases no era suficiente, y comencé a jalar. En vez de escarmentar, mandé al carajo todo, y con el sexto ciclo a cuestas, empecé a ir a las clases sólo cuando me provocaba,  faltaba a los exámenes porque en consecuencia, no sabía nada, no hacía los trabajos, y jalaba una y otra vez los mismos cursos sin remordimiento alguno. Así se me pasé año y medio, tonteando y dando vueltas sin rumbo, mintiéndole a mis tías, a los conocidos que siempre preguntaban: cuándo vas a acabar?, a mis familiares…ellos siempre esperaban mucho de mí, y yo quería evitar esa incómoda situación…Me había ceñido al parecer a la filosofía de que “en cada momento, hay que hacer primero lo que nos gusta”. Y lo primero que me gustaba en cada momento, era todo, menos estudiar. Empecé a pensar que todo lo que uno hacía, tenía que hacerlo con amor, y si la cosa que estabas haciendo no te llenaba, pues simplemente no la tenías por qué hacer.

"Los problemas de este examen están aburridos"

Fue hace poco que me di cuenta (recién!) de lo mal que me estaba yendo…El 2011 fue el año que supuestamente debí acabar, y me miré, y vi que me faltaban aún dos años más …y esto…

Desde el año pasado es que estoy buscando mi motivación. M dice que soy así de relajada y despreocupada porque no he pasado hambre.  Quién sabe. 


martes, 13 de marzo de 2012

Un chicle y una gelatina

Toma 1

Te veo dormido ahí, en esa mesita que da de entrada a la facu. Te veo y camino, pero no hacia ti, sino para esconderme en los corredores de las oficinas y sacar de mi bolsillo un par de barritas trident y echármelas a la boca. Mastico, mastico y mastico y boto un poco de aire por mi boca en mi brazo para comprobar mi aliento. Inmediatamente saco de mi bolso mi colonia, "soy sexy" de Unique y me la echo por el cuello, los brazos, un poco en el ombligo...y luego veo mi reflejo en una de las vitrinas, me saco un poco el cerquillo....

Camino apurada hacia el lugar donde te encontré....carajo, se fue!

Toma 2

Tengo 5 minutos de break. Subo al concesionario y pido un vasito de gelatina. Me voy a una de las mesas. Y apareces. Dejas tu maletín encima de mi mesa mientras metes un taper en el refrigerador, y al cerrar la puerta, me miras y me sonríes. Yo, más por nerviosismo que por cortesía, te sonrío también y digo "hola". Y respondes, "hola, qué tal". Voy a botar mi vasito, y pienso que al volver ya no estarás, pero te has quedado viendo la lista de menús en el mural...¿por qué mirar el menú si has traído comida?, pienso, y me doy cuenta que es porque "estás haciendo hora" mientras me esperas...o eso es lo que quiero pensar. Paso por tu lado pero no atino a nada, y bajo por las escaleras a volver a trabajar, y tú me sigues... 

Maldita timidez.

lunes, 5 de marzo de 2012

Catarsis

Siempre defendí la idea de que no debemos juzgar a las personas, sino sus acciones. De igual forma, apliqué eso para el odio. No odiar a las personas, sino sus acciones. En serio que siempre trato eso, pero cuando algo me amarga, me molesta, me jode tremendamente, es mucho más cómodo para mí (y supongo que para el resto) detestar a la persona, no lo que hace. Si un ladrón te arrancha el bolso en el carro, la cólera no la arremetes contra la acción, lo haces con el ratero. Porque es más fácil condenar a las personas que a sus acciones.

Y digo esto porque hay cosas que no me gustan, que detesto, que me hacen sentir incómoda. Por ejemplo, no me gustan que en el chat me respondan con un "plop". Odio esa palabra. La detesto porque siento que he dicho algo decepcionante, que no he cubierto alguna expectativa, que terminé por decir algo que no esperaban.

Detesto cuando inician una conversación por chat sólo para pedirme que les ponga un "like" a un video o comentario que hicieron. En general, no me gusta que me envíen mensajes o solicitudes de algo, sólo para que les dé un clic a su página, comenten su estado, un post del blog, o les dé "me gusta". Me parece triste.

Odio que la gente bote basura en la calle, por más chiquita que sea su basura, así sea un boleto de carro. Y más, detesto a quienes la botan, y tras que le reclamas, se excusan sinvergüenzamente diciendo: "para que los limpiadores tengan trabajo".


Detesto a quienes en el carro se hacen los zonzos cuando una persona de edad, embarazada o que necesita de un asiento, sube al bus. Peor, si les pides que por favor se paren,  te dicen "pero ahí hay caballeros" (en el caso de las chicas y señoras).


No me gusta que pongan mala cara cuando les digo que a veces no entro a clase, o que nunca copio la pizarra. No me gusta que me obliguen a hacer cosas. Mucho menos que esperen que yo siga sus reglas de buena gana.

Detesto cuando dicen de mí cosas que no son, sean buenas o malas, las detesto. Más si las porfían. Que soy de naturaleza relajada e irresponsable, cierto. Que soy floja para los quehaceres del hogar. Cierto. Que me gusta hacer siempre lo que quiero, cierto. Que tengo un espíritu rebelde, cierto. Que no soy estudiosa, cierto. Pero odio cuando dicen que invento cosas, que miento adrede;  que juzguen de mí como si verdaderamente me conocieran. Pero más aún, detesto  cuando todo eso viene de las personas que quiero y que supuestamente también, deberían conocerme más.

No me gusta que me hablen como si yo no me diera cuenta de las cosas, o cuando me tratan como si yo fuese bruta. 

No me gustan los "amigos cariñosos". Que me den un abrazo efusivo, una vez, está bien, pero que me abracen a cada rato, mantengan su mano encima de mi hombro, o pretendan tener contacto físico, no me gusta. Esas cosas sólo las permito en mi familia. O con mis amigas. Pero no me agradan los hombres que buscan aproximidad física, sin ser nada mío (enamorado, por ejemplo). En otras palabras, no me agrada para nada que tomen la confianza que en ningún momento les he concedido.

No me gustan las personas tacañas; a las que son tacañas consigo mismas, las perdono, pero tacañas con el resto, no me gustan.

Odio cuando algunos desconocidos me digan "señora" o "seño". Por ejemplo mientras atiendo en la panadería de mi tía. O cuando llamo a un banco. A un niño se lo perdono, pero de un joven o señorita ...lo detesto. Una vez una de las "pretendientes" de mi hermano me dijo "cúidese seño"....yo me dije: ¿whats? y ahí mismo le dije a mi hermano: "esa chica no tiene mi aprobación."

No me gusta que dejen pelos en el jabón o en el lavadero (cosa que se ve bastante en el baño de mujeres de mi facu)

Detesto a quienes no saben cuidar las cosas ajenas. Que no sepan cuidar las suyas, me llega altamente, pero  por ejemplo, detesto ver las pintas con spray en las paredes de las casas o esas inscripciones en las puertas de los baños y carpetas...me jode. Lo más decepcionante es que en el colegio descubrí que yo era la bicho raro porque todos, sin excepción alguna, lo hacían, y les era tan natural que ni cuenta se daban...

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Bueno, cambiando de tema, acá les dejo con un video que me gusta especialmente por la canción, y claro, por el segundo actor que sale en ella...Ji Jin Hee...Love Letter por cierto no es una buena novela, la comencé a ver nada más por Jin Hee pero nunca la terminé de ver, la actriz no me cae xD y el drama es muy lento. En fin, aquí está, prohibido para gente anticursi como Bellarte y Oki!