domingo, 20 de febrero de 2011

La felicidad en todos los tiempos

Cuando era niña, un chicle, un caramelo, un juguetito nuevo, una tarde de juegos, cualquier cosa inimaginable y aparentemente insignificante podía causarme un efusivo gozo interior. Todo valía la pena. Análogamente, un grito, una negación, una meada en la cama, también eran motivos suficientes para romper en el llanto. Es verdaderamente curioso que en la infancia seamos tan sensibles a todo que un mínimo detalle puede desmoronarnos en lágrimas como también prodigarnos de inmensa satisfacción. Parece mágica esa capacidad de emocionarse con tanta facilidad.

Todo indicaría que el crecimiento, la madurez y sobre todo, la acumulación de responsabilidades y deberes van ‘lijando’ nuestra personalidad y nos van haciendo cada vez más reacios a las circunstancias. Por un lado, bien, porque somos más conscientes y racionales a la hora de sortear obstáculos o sobrellevar algún tipo de dolor, por el otro, nos volvemos unos auténticos aguafiestas que no encontramos el sentido ni la gracia a todo lo que hacemos.

He escuchado a muchos decir que “cuando era niño, quería hacerme adulto rápidamente, pero ahora que ya estoy viejo, quisiera ser un niño otra vez”. Al parecer, las obligaciones inherentes a la vida del adulto provocan que éste desarrollara un sentimiento de añoranza respecto a sus años más jóvenes, en las que para él el tiempo no existía ni tenía pleno conocimiento de la realidad, cuando miraba todo con emocionante curiosidad y estaba dotado de la habilidad de vivir sin mayores preocupaciones. “Qué bonito, caray”, parecieran pensar. Aquellos años maravillosos.

Dejo entrar aquí entonces un viejo(viejo?) dicho que reza: “Olvidamos las pequeñas alegrías por lograr la gran felicidad” (Alex Ubago también la canta en ‘Fantasía o Realidad’) Tal vez relajarnos un poquito, ceder un poco ante el ‘niño que todos llevamos dentro’, detenernos a respirar la vida con alegría, hacer cosas porque deseas hacerlas, y no por obligación o necesidad, descansar un momento y dedicar tiempo a lo que más te gusta, a los seres y cosas que más quieres, tal vez un poco de inmadurez, de desajustarte la corbata, de colgar en el perchero todas estas absurdos sentimientos de obligación inculcados, te permitan encontrar el sentido al momento que vives. Quizá esté sonado a hippie, pero a lo que quiero llegar es que la vida es HOY, no, no, qué rayos, la vida es AHORA.

Una vez estando en el colegio un profesor (de Comunicación)nos planteó una pregunta media existencialista: ¿Para qué vives? Entre risas y burlas algunos de mis compañeros dieron sus respuestas, y aunque ya no recuerdo muy bien lo que yo contesté aquella vez, de vez en cuando la cuestión pasa fugazmente por mi cabeza y si bien no encuentro una razón fuerte y convincente (y mucho menos, sorprendente) creo que de todos modos, de alguna extraña y escondida manera, me gusta la vida.

Me gusta y le doy gracias a Quien Sea o Lo Que Fuera que me haya dado la oportunidad de estar aquí. Me gusta tener todo esto que implica la vida: Comerme todos los chocolates y helados que tanto me gustan (siento empezar con razones tan frívolas y superficiales), amar, jugar ajedrez, escribir, ver series y novelas en DVD (y siento seguir con las razones superficiales) , disfrutar de la belleza de la música (y cualquier belleza en general), tener energía para llevar a cabo las cosas por las que sueño; me gusta esto de andar soñando, cumplir unos, ir tras otros. Tal vez sea la permanente ilusión, el no tener la vida resuelta ni asegurada, la que me mantiene satisfactoriamente activa.

Y a ti, qué te hace feliz?

viernes, 11 de febrero de 2011

La Obsolescencia Programada


“Baterías que se 'mueren' a los 18 meses de ser estrenadas, impresoras que se bloquean al llegar a un número determinado de impresiones, bombillas que se funden a las mil horas... ¿Por qué, pese a los avances tecnológicos, los productos de consumo duran cada vez menos?Así es el texto de introducción de un interesantísimo video que circula por el portal de videos Youtube: 

Ya recuerdo las frases de mi tía diciéndome que “la tecnología es retroceso” refiriéndose con sarcasmo a los malos productos fabricados hoy en día. Y nunca pensé en la gravedad de sus palabras cuando me decía: “Claro pues, si no se gasta nunca, ellos (los fabricantes) se quedan sin trabajo”.
En casa teníamos una refrigeradora que ya llevaba más de veintitrés años en perfecto funcionamiento sin haber recibido siquiera el ‘manoseo’ de un técnico. Igual pasa con el televisor, que a pesar de que ahora esté comenzando a dar indicios de su longevidad (machucas el botón, espera que cargue, y recién se está encendiendo a las dos o tres horas) ya lleva treinta primaveras de vida. Oír que “los aparatos de antes eran mucho mejor y duraban más, ahora todo es prácticamente descartable” es muy común, y con mucha razón.
Detrás de esta aparente realidad que ofusca y decepciona a muchos hay un contradictorio dilema: Si haces que tus productos duren más, el consumo baja, la producción cae, pierdes tu trabajo y la economía se va por los suelos. Ergo, fabrica cosas de menor calidad, menor duración, crea en la gente ‘la necesidad’ de consumir, y listo!, mantienes tu trabajo y la economía a flote. Parece increíble, pero incluso hay pactos por parte de grandes industrias para ‘programar’ el plazo de vigencia de sus insumos; pasada la fecha, quedan ‘legalmente muertos’. Un pacto poco ético, pero en bien de la economía. El fin parece justificar los medios.
Pero la moneda tiene dos caras. El vaso medio lleno también puede lucir como medio vacío. Okey, la gente consume más, los obreros no pierden su trabajo porque hay demanda, la economía está estable, todo tiene lógica, todo luce de maravillas. Ahora, a dónde va a parar toda la mercancía gastada que ya no sirve? A los países más vulnerables, pues. A pesar de los acuerdos internacionales, países de Europa y América (especialmente EE.UU., consumista por excelencia) manda toda su basura (desechos tóxicos) a las tierras de nuestros hermanos africanos, por ejemplo, Ghana, a quien un activista ecológico caracteriza, indignado, como el “gran basurero del mundo”.
En Japón
En el país nipón es conocida la anécdota de gente que ha amoblado su casa rebuscando entre la basura. Tengo conocidos y familiares que han venido de allá con algo recogido de por ahí. Para los japoneses, es más barato comprar que arreglar, por ende no es cosa de otro mundo el que cambien de carro cada dos o tres años (los mismos que se venden como nuevos aquí en Perú, por ejemplo) Su cultura les ha enseñado a tener preferencia por lo nuevo y novedoso, en contraposición de sentir aversión por lo viejo o pasado de moda. Si todavía sirve o no, no interesa, es antiguo y hay que estar en permanente renovación.
Apuntes Finales
Calidad y Sostenibilidad son compatibles? Pueden hacerse buenos productos(más duraderos, mejor calidad) sin que ello afecte la economía? Mucha gente se hace la misma pregunta. Gente que se resiste a formar parte de esta cultura llamada Obsolescencia Programada. “Las generaciones venideras no nos perdonarán este despilfarro”. Hoy pretenden copiar a la sabia naturaleza: Cuando algo se gasta o estropea y ya no sirve, por ejemplo, una laptop, el material puede resultar nocivo. Sin embargo, en la naturaleza, los desechos de unos son útiles para otros seres vivos; el material orgánico siempre está dando vueltas. Así es como se quiere conseguir la armonización: Que la sociedad viva del consumo, pero que los recursos sean renovables y reutilizables ( reciclaje).
Así que, si es que se te malogra la impresora, irás por otra nueva?

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mis bochornos discursos

Siempre he tenido la piña de ser la favorita para ofrecer las palabras en cualquier ocasional ceremonia: que fiestas de cumpleaños, fiestas de promoción, reuniones de compañeros, comidas, celebraciones otras. Palabras de despedida, de felicitación, de agradecimiento, una poesía, una reflexión, cualquiera sea el motivo o pretexto, todos me miran: “Que Paty hable”.

Por diversas razones la gente siempre me empapela a mí la complicada tarea de hablar en público, como si yo poseyera la labia de mi amigo Demócrito o mi estimado presidente García. Por raro que parezca, la gente me computa inmerecidamente las cualidades propias de una oradora, como creyendo para sus adentros que yo he sido en mi vida pasada como uno de esos salivosos pastores portugueses que retumban el auditorio guitando “Milagro, gloria a Dios!” .

Como a la mayoría, para mí hablar ante un auditorio repleto o ante un grupito de familiares y amigos siempre supone una actividad de roche, de nervios, de pucha, y ahora qué rayos digo. Que tenga el arrojo suficiente para no inhibirme y ser capaz de soportar las atentas miradas del público, cuidando de no dejar escapar una pachotada (como sucede cotidianamente) y poseer la conchudez necesaria de si, en caso lo hiciera (meter la pata) no inmutarme por ello, es otra cosa. Pero que nadie diga que soy excelente con el manejo de la lengua (al contrario, la lengua se apodera de mí).

Así pues, no es raro haber pasado por experiencias irrisorias que dan cuenta de mi incompetencia en es este antiguo arte:

1.El Día de la Madre: Recuerdo sin mucha nitidez que mi profesora de tercero de primaria me hizo repetir una tira de oraciones que ella me dictaba de una en una por vez. No entendía yo el por qué de su procedimiento. Pero lo entendería luego, cuando, ya reunidos todos, ella habló: “Y como unas palabras alusivas a la fecha, tenemos a la alumna Paty. A ver, aplausos para ella”. Me hizo una ligera seña para que salga adelante, yo, obediente, le seguí el juego, esperanzada en que tal vez tenía un papelito o algo de qué valerme, pero no, la muy abusiva esperaba que yo, una enana que para entonces frisaba los siete años, pudiera acordarme cada frase que según ella yo había aprendido de memoria en un porrazo, o que, en todo caso, tenga la soltura de improvisar cualquier discursito. Y ese día, con mi mamá ausente, hice el mejor y el más expresivos de mis discursos: Luego de un prolongado silencio, lloré.

2. En la T.V. : Cursaba el quinto de secundaria cuando una compañía de cable del distrito se acercó al colegio para hacer una especie de mini reportaje. Fue sorpresa. La grabación transcurría con normalidad, entre entrevista, chacota y otra serie de entretiempos. De repente, el reportero pidió que alguien hablase, emitiera alguna opinión sobre cualquier cosa, de cualquier tema; que lo hiciera en representación de todo el colegio. Yo, que para entonces era la brigadier general, la caserita en materia de discursos, el blanco perfecto para la ocasión, no hice muchos disfuerzos para cuando me pidieron salir.

Mientras caminaba los seis metros que separaban mi asiento del frente principal, no tenía la más mínima idea sobre qué decir. Vi la luz de la cámara encendida, la cara del sub-director, vi los rostros sonrientes y expectantes de mis compañeros, sentí la mente en blanco. Y de repente, entre la desesperación y el desconcierto, como siempre me pasa, la mente le dio pase libre al desordenado y a veces precipitado subconsciente y durante quince minutos dije un montón de pachotadas acerca de la educación (algún día hablaré sobre ello). Habré dejado tan mal parado al sub director (que yo ni cuenta) que me llamó después y me sugirió que para cuando tenga alguna inquietud o crítica, “tenía las puertas de la dirección abiertas”.


3. La Reunión familiar: Hace poco celebrábamos la graduación de mi prima, y mi tío me pidió unas palabras. Los demás consintieron la idea y me alentaron a salir (típico: los muy vivos siempre señalan a los otros, pero cuando son señalados, ni mu ^^) Me quedé sin ideas. Por un lado no quería parecer cursi (como suelo ser) pero tampoco quería decir algo muy alienado. Quería decir algo que no sea predecible ni protocolar, sencillamente espontáneo. Pero mi espontaneidad siempre es cursi, así que…

Me sugirieron que declame alguno de mis (pseudo)poemas. Sinceramente nunca me he memorizado alguno, pero me aventé –y entre el silencio sepulcral de la sala (“si Paty habla, es serio”)- empecé con lo primero que se me ocurrió:

Es tu nombre la palabra que mi memoria evoca….” (sí, es el poema ‘It ji ma’) No sólo era un poema de amor (fuera de contexto) sino que tampoco recordaba lo que venía después del primer párrafo, así que me excusaría con un torpe “Bueno, lo demás no lo diré porque es algo obsceno bajo la mirada de algunas(de mis primas)” Plop!

Continué mi chiflado discurso declamando un poemita bastante personal (otra vez fuera de contexto) y para cuando hube terminado, los buena gente de mis familiares aplaudieron sin importar el que no hayan entendido ni pío de lo que había hablado- salvándome del roche-, mientras yo, entre tanto, me sentía una completa borracha que había irrumpido en una importante conversación para hablar incoherencias.

Y si tuviera más líneas, tendría para comentar de más.

lunes, 7 de febrero de 2011

Respirador artificial

Eso es lo que tal vez me hace falta por estos días. Desde el jueves 20 del mes pasado me he convertido prácticamente en Mary, quien aprovechando sus vacaciones se hizo una operación que venía aplazando ya hace buen tiempo.

De lunes a sábado me dedico a hacer empanadas y un poco de tartaletas, hago las compras, ayudo un poco en la cocina y limpio ligeramente la casa. Sirvo el almuerzo, lavo los servicios, y allí nomás, ya estoy volando a las panadería donde estrictamente cumplo el rígido horario: 3:15pm-9:30 pm. De vez en cuando me escapo-solapa nomás- quince minutos para ir a una cabina de internet y revisar mi bandeja de correo y curiosear sobre algunos perfiles del Facebook. Pero de allí, no tengo mucho tiempo para hacer algo que de veras me importe. Estoy llegando aquí a las 9:40 pm hora que me da tiempo para bañarme y finalmente, sentarme a escribir o simplemente leer algo. A las 11:00 pm mi tía ya me está gritando para que apague la computadora- “o sino te jalo los cordones, a mí qué me importa”- y me manda a dormir, y yo, haciendo pucheros por dentro, le soy obediente.

Créeme, no es una bonita perspectiva. Esta secuencia me asfixia. Anhelo mucho poder sentarme a tocar canciones con mi guitarra, ver alguna novela coreana, jugar Chess Master, o leer alguno de los libros que hace mucho tiempo imprimí para-según yo- algún día leer. Lo único que tengo es mi dos o tres horas libres de los domingos, en la que si bien no tengo mayor obligación, siempre quedan la cocina, las empanadas e ir a misa. Es para el domingo en la que reservo todas mis ganas (y ansias!) de escribir. Quedarme poco más de dos horas en una cabina de internet como lo estoy haciendo últimamente, es un lujo que me estoy dando a costo de resondrones.

Me he dado cuenta que no sirvo para ser madre ni tampoco para casarme. Asumir obligaciones no va para nada con mi espíritu libre y deseoso de hacer siempre lo que se le place. No me estoy quejando del trabajo, en la que finalmente también me distraigo, pero sencillamente, no encontrar nada estimulante en él me mata de aburrimiento y desesperación. No estoy cansada porque se me hayan agotado las energías, sino porque, tengo tanta energía que es gastada en cosas que no me motivan ni estimulan.

Aunque acabo de descubrir que rutina no es tanto hacer siempre lo mismo, sino, hacerlo siempre de la misma manera.


domingo, 6 de febrero de 2011

Tocando fondo

Por no tenerte, por no poder hacerlo, es que he decidido escribir. Tal vez el buen poeta Percy haya influido en ello, pero qué más da.

Hoy quiero decirte que algo de ti-todo, tal vez, no estoy segura- me hace falta. Llegado a este tiempo las cosas se han hecho más lejanas entre los dos, y lo entiendo bien; o al menos eso intento.

Hoy hay una luna en cuarto menguante. ¿Qué significa? Pues nada, es sólo la luna, ésa misma que un día te mostré y no pudiste ver. ¿Por qué digo todo esto? No lo sé, de pronto me estoy dejando llevar por las palabras que emergen de mi interior. Puedes no escucharme, tú ya me conoces, la mayor parte del tiempo son sólo tonterías.

“Il mare” es la música de fondo que Windows Media está reproduciendo en mis audífonos. Me hace feliz. Creo que a ti te gustaría la idea. Siempre fuiste así. Aún sabiendo cuánto te quería, nunca intestaste jugar con eso. Tal vez me enamoré también de tu bondad. ¡Cómo no haberme enamorado de ti! Parece mentira que hoy batalle por olvidar todo esto, pero no te preocupes, lo estoy haciendo bien.


15 de enero, 2011