viernes, 20 de mayo de 2011

Mi primer cuento (en la Blogósfera)

Antojada quizá por la prosa de Cueto, o quizá motivada por él, desde hace un tiempo me provocó empezar a escribir cuentos. Hace unas semanitas publiqué uno en Facebook, uno bien cortito, pero cuento al fin, y ahora he decidido lanzar éste al blog, ya veré cómo me va en esto. Supongo que iré mejorando con el tiempo, al igual que con la poesía, como dice Percy, una siempre está a la espera del mejor poema, y en este caso, creo que el mejor cuento siempre está por venir. A esperarlo, mientras tanto.

Bueno, con ustedes, "Malditos dados":

Salió de la universidad sin prisa, disfrutando del viento frío que ya soplaba en el otoño y percibiendo de lejos el olor de coco confitado, el mismo que se mezclaba con el olor del mar. Caminaba en dirección de abordar el bus, siempre con las manos cobijadas en los bolsillos. Mientras esperaba, encendió la radio y empezó a divagar en pensamientos  nostálgicos, los mismos que estaban estimulados por la tarde gris y melancólica, con la estación de baladas que le sonaba desde los audífonos.

Estiró la mano para detener al primer bus, se ubicó en uno de los asientos traseros, pero a unas cuantas cuadras el cobrador le advertía con un ‘voy hasta Wilson nomás’ que no iba a llegar hasta su destino. Se bajó con cierto desgano y casi renegando, pero la música suave que sonaba en sus oídos le atemperó los ánimos y la mantenía de humor. A esperar entonces al próximo vehículo. Los micros empezaron a pasar cada vez a mayor velocidad, la mayoría de ellos abarrotados de gente, incluso vio con risa a un cobrador colgado de la puerta. Se pasó cerca de media hora para detener a uno razonablemente ‘libre’, y mientras veía a un chico subiendo, lo pensó dos veces, pero subió. La idea de hacerse un espacio entre la ola de gente le daba incomodidad, pero no le quedaba otra y como pudo fue acurrucándose entre el gentío hasta alcanzar la parte trasera del bus.

Y entonces lo vio.

Él, que a juzgar de lo que aparentaba podría frisar los 22 ó 23, llevaba el pelo corto y la barbilla crecida, como si ese día no se hubiera molestado en afeitarla. La nariz respingada, la sonrisa pícara y tierna (que le hacía recordar a Alejandro Sanz), su porte sereno y callado le daban buen aspecto, un aura de buen muchacho. Ella lo vio y quedó una vez más encandilada, como había quedado también el día en que lo vio y que por varios minutos perdió la concentración de la conversación que sostenía con sus amigos y del bistec que se estaba comiendo, allí, en aquel restaurant ‘de los espejos’.

Lo estaba viendo de nuevo, y cielos! Qué lindo era verlo. Qué hacía él en ese bus? Siempre viajaba aquí? Por qué no se habían encontrado antes? No importa, da igual, en ese momento, lo que contaba era ese fortuito encuentro. Toda la serie de eventos anteriores: coco confitado-bajarse del bus-cobrador colgado de la puerta… no eran más que cosillas que ya estaban programadas para dar paso al gran evento: ella y él encontrándose de nuevo. Para ella, eso no era coincidencia. Era el destino dictándole una señal. Antes le habían pasado otros encuentros con otros personajes desagradables,  pero no era eso, no, esto era mucho más importante. Y ella creía en los horóscopos mientras ello le dijera algo que le conviniese. Ésta era la segunda vez , a la próxima, se dijo, lo tomo del rostro y lo beso. Reía para sus adentros mientras él miraba la ventana. Al poco rato empezó a cabecear y no pasó mucho tiempo antes que empezara a cerrar los ojos. Ella aprovechó para observar cada detalle-labios-nariz-ojos-pelo-pelo-ojos-nariz-labios. A sus ojos no sólo era lindo, debía serlo también por dentro. Tenía que serlo.

Él dormía y al dormir inspiraba tranquilidad, ternura, ella estaba encantada de eso. Sin embargo, ninguno se dio cuenta del custer que  venía detrás a toda velocidad.

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