lunes, 31 de mayo de 2010

Llamadas anónimas

Esta ociosidad mía no es un rasgo reciente. Lo vengo arrastrando de hace muchos años. Recuerdo que de niña, cuando no tenía nada qué hacer, pensaba un y mil disparates que en su mayoría, terminaba por realizar. Aquí les dejo con una selección de mis ‘travesuras telefónicas’.

1. Jorge Aravena. Año 2002. Tenía once o doce años cuando en la tele’ transmitían Secreto de Amor, una novela protagonizada por el actor peruano- venezolano Jorge Aravena y la guapa Scarlet Ortiz. Enterada de la nacionalidad del referido, presurosa, cogí las Páginas Blancas y ubiqué rápidamente el numerito del churrísimo (lo era para mí, en ese entonces) modelo y actor, y marqué los dígitos en el teléfono.

-¿Aló? –oí de una voz amable y varonil, al otro lado del auricular.

-¿Con Jorge Aravena?, dije yo, modulando la voz, tratando de parecer más delicada, pero no una niña.

-Sí, con él…- respondió pausado el cuerito, que por cierto, tenía una voz relajada, sexy, fresca, como recién salida de la ducha. (Ya me lo alucinaba en bata de baño, el pelo mojado y despeinado, el aliento a menthol)

-Ah!, buenas noches, respondí al instante, en forma automática y nerviosa.

-Buenas noches- me replicó él, bastante calmado, muy amable, al parecer, sin saber quizá que estaba perdiendo sus minutos con una mocosita que no tenía nada qué hacer .

“Y qué diablos digo ahora”, pensé de inmediato. Qué cuentito le inventaré para mantenerlo al oído, me dije, rebuscando y estructurando un plan que sirviera. Sin embargo, colgué, sonrojada, carcajeándome en efecto retardado de la tontería que había sido capaz de hacer. Tenía el valor suficiente para hacer una llamada, pero no la ‘cancha’, la soltura, la ‘conchudez’, la maestría y el profesionalismo con la que cuentan los bandidos de Damián y El Toyo o los chicos de “Mal Elemento” en Studio 92.

2. Número restringido. Ahora sí. No creo ser de las pocas que lo han hecho. Pero confiésenlo, no me digan que nunca han agarrado su celular y han marcado, en modo privado, el numerito del chico(a) que les gusta. Yo lo he hecho varias veces.

Un día tuve la suerte de conocer el número de uno, y, semanas después, movida por la curiosidad de oír su voz, o porque simplemente lo extrañaba, de algún modo, y oírlo hablar en mi oído con un mísero “¿hola?”, involuntario, claro, pero bastante alentador, ya era suficiente. Cogí el aparatillo, programé la llamada incógnita, y el pobre, inocente (ojalá que de veras haya sido él) pronunció:

-¿Aló?(…). ¿Hola?...

De hecho, como no me conocía, ni siquiera podía entablar una conversación casual o tener una razón provocada y a propósito. No iba a decirle “Hey, qué tal, soy Paty, y tú,¿ cómo te llamas?”. O “Oye, bonita noche la de hoy,¿no?”.

Con el corazón en la garganta, las emociones a flor de piel, una alegría interna que me inundaba toda, yo, cobarde, colgué. Fue una llamada de trece segundos que mantuve en el historial de mi celular por varias semanas.

3. Hablando con la mamá. Haciendo mis actividades detectivescas (tengan mucho cuidado conmigo) encontré su número perdido en la red (sigo hablando del mismo chico de arriba). Era del teléfono fijo. Aprovechando una de las promociones de Movistar que tenía en desuso en mi celular, marqué dubitativa:

-¿Aló? ¿[el nombre de él]?, me contestaba ella, con una voz muy maternal.

Claro, yo no dije nada, y colgué unos segundos después, luego de pensar que, definitivamente, estaba muy ansiosa esperando la llamada de su hijo. ¿Por dónde se habría metido el bandido? ¿Qué travesuras estaría cometiendo?. No lo sé. Pero lo que sí es que decidí no volverlo a hacer. Pobre madre, con qué preocupación la estaría dejando, y lo que es peor, preocupándose inútilmente porque a una señorita torpe y tonta como yo, se le había ocurrido semejante ociosidad.

4. Los mensajes desconocidos. Siempre he sido de las chicas que, cuando alguien le gusta, lo disimula tan bien (eso es lo que creo hasta hoy) que ni siquiera mi círculo más cercano se da por enterado. Tampoco soy de las que lo cuentan a sus amigas. Siempre me he enamorado secretamente (aunque enamorarme, creo que solo lo he hecho una vez) y para mí es tan natural y normal seguir llevando ese amor en la clandestinidad. Todo lo que hacía en ese entonces era bien guardarme todo para mi solita, o escribir compulsivamente cada una de mis historias sobre un cuaderno borrador (una práctica que, todavía no abandono totalmente).

El hecho que ahora sea tan abierta, menos reservada (menos estreñida, como me lo diría Jeannecita), que lo cuente casi todo y lo deje todo así, vulnerable, es porque, precisamente, he abandonado el misterio. Los chicos que una vez me gustaron, hoy me gustan menos. El chico que quiero (“amo” me suena muy fuerte), sabe que lo quiero.

Y ocurre que, si alguna vez alguien recibió un mensajito en el celular, probablemente proveniente de esas páginas gratuitas de internet, inesperado e intrigante, en su cumpleaños, vísperas de navidad o día cualquiera, pues, debe ser una pura coincidencia.

5. Luis Jaime Cisneros. Otro de mis ‘proyectos’ fue recitar a paporretas mis poemas de incipiente trovadora inspirada. Quería que escritores ‘de peso’ oyeran(a base de torturas) mis creaciones literarias y se quedarán pensando en el inusual talento de la otra chica que les hablaba del otro lado del fono. Fiel a mi cualidad de querer llamar siempre la atención, quería pues, impresionarlos.

[Uno de los tantos escritores fue el ‘oso hormiguero’ en cuya prosa poética encontré una exploración inusitada del lenguaje. Antes de Martín Adam, él era un modelo (lo era para mí) de nueva poesía, un juego desordenado de palabras que van cobrando sentido al compás del quien lo lee. De ellos aprendí a dejar los términos extraviados, casi a medio decir, para que sea el surrealismo de cada quien el que los administre, y le den, cada uno a su modo, una forma nueva y original, una vida propia.



Muchos podrían creer, recontra equivocadamente, de que “uy, ésta se ha devorado todos los libros de Antonio Cisneros y Martín Adam”. Pero, valga la aclaración, solo estoy basando mis pseudocríticas en base a dos poemas que leí en un suplemento dominical de El Comercio (en el caso del ‘hormiguero’) y a un brevísimo texto escolar que empezaba con un “Mi primer amor fue Catita…” (en el caso de Martín Adam). Bueno, acostúmbrense ya a mis exageraciones. Por algo soy parlanchina: Leo muy poco, hablo bastante, y la mayoría de veces, puras tonterías.]

Felizmente y en buena hora que me llegó una ráfaga de lucidez y evité así un rechazo y bochorno innecesarios. Desde ese entonces dejé de consultar las guías telefónicas. Ahora soy más moderna: Busco cuentas de correo electrónico.

Ja!. Era una broma.

Post Post: Hubiera querido colocar una foto (comprometedora) de Jorgito Aravena, pero estoy en las computadoras de mi Facultad y tengo que guardar 'respeto académico'.


jueves, 27 de mayo de 2010

Esos olores


Mientras estaba tirada- boca arriba- en la comodidad de mi cama, de piernas cruzadas, con los audífonos en los oídos, a punto de encender el mp4, muy fresca yo; empecé a percatarme en ese zumbido en el oído que me persigue desde que tenía diez años (pero eso es otra historia para contar). Y saltando de un pensamiento a otro, recordé a Helen Keller .

Empecé a pensar en, vaya!, cómo es la naturaleza,no?, que en ausencia de un sentido, agudiza los restantes para compensar la falta de aquél.

Pero, de pronto, empezó a embargarme la preocupación. Imagínate que un día ocurra que ya no vea ni escuche más. Si los sentidos son las ventanas al mundo, lo mío comenzaría a ser una vida entre sombras, encerrada en un mundo de texturas y aromas. Adiós a la buena música sin la que no puedo vivir, sí, good bye Alanis Morrissete, Dido,adiós mi Alejandro Sanz, mi buen Chopin, mis baladitas alternativas, las tranquilas melodías de la música celta, mis baladas de siempre, el rock de los 80’, 90’ y hoy. Y de pronto, despedirse de la vista de un bonito amanecer, o la caída anaranjada de una tarde que tanto me gustan, bye bye novelas coreanas, hasta pronto tú niño que tanto me gustas, ya no te podré conocer (o ya no te podré reconocer), adiós internet, ya no escribiré más, ya no más amigos.

Bueno, no es para tanto, a veces soy así, recontra dramática, pero después, en un instante, le empecé a prestar atención a todos los recuerdos olorientos de mi pasado y presente.

Empiezo a recordar, por ejemplo, el humor a sudor de la camisa de mi papá, el jabón Palmolive Botanicals que me hace pensar en la primera novela que vi(a escondidas, tenía doce), el olor a canchita pop corn de las tardes luego de venir de la universidad, el perfume que brota de las sábanas de mi tía, el aroma a vainilla de las 6pm. en Santa Clara, el fresco perfume semi mentolado de aquél chico que entra tarde a mi salón(y que también me atrae-él me refiero, no que llegue tarde-), la fragancia de un shampoo al que no consigo un nombre, el olor mezclado de coco y vainilla del muchachito que me gustaba, el aroma que brota de las páginas de un libro nuevo, el olor a KFC, Mc Donald’S o Dunkin Donut´s, Jockey Plaza, olorcitos entreverados y superpuestos, que, por más elitista que suene, me dan una sensación especial de frescura.

Renato Cisneros opina que los hombres son más visuales, mientras que las damas somos más auditivas. Pero lo cierto, es que también hay olores que te provocan ideas y sensaciones, te llegan a fibras sensibles, te estimulan emociones insospechadas… olores que son tan fuertes… tan fuertes… yo no sé.

lunes, 24 de mayo de 2010

La víspera

Quiero aprovechar la ocasión, ya que éste es mi último post que escribo a los diecinueve. Me gusta el número 19,por cierto. Primero porque es primo (y me encantan los números primos, incluso más que los perfectos), segundo porque, no sé, creo que simplemente me parece bonito.

Mañana me la pasaré todo el día en la universidad. Creo que está bien porque no tendré que ajetrearme o dando preocupaciones a mi tía quien se empeña en atender a todas las visitas que caen por allí a saludarme. Que la torta, que los pasteles, que el pollo, que compra la gaseosa.

***

Hasta los doce años todavía me ilusionaban los regalos y casi no dormía pensando y guardando la esperanza de que esta vez sí me darían lo que todo el año deseaba. No sé, un ajedrez, una propina, un reloj de pulsera, un nuevo juego de mesa. Ahora ni siquiera mi cumpleaños me entusiasma mucho. Parezco una viejita aguafiestas que siente que cada año es un año menos de vida.

Las sorpresas

Me gustan las sorpresas, una demostración inesperada de afecto, una muestra muy original de cariño. Vale la pena traer al recuerdo dos eventos memorables, por así decirlo, que en su momento me emocionaron y me conmovieron.

Mayo 2006, Colegio TC.- Mi tutor acostumbrado a celebrar con un desafinado canto el cumpleaños de cada uno de nosotros, y yo no fui la excepción, invitó a todo el salón a darme un abrazo de felicitación después de escuchar el tradicional “Cumpleaños Feliz” (cuándo cambiaremos de cancioncita?) que me dedicaron mis compañeros de promoción. Lo curioso fue que después pidió a todos mis compañeros hombres mandarme un mensaje hablado frente a toda la audiencia que esperó impaciente las frases que iba a pronunciar Francisco (un chico que se sentía- increíblemente- atraído por mí ya hacía mucho). Después de que éste se resistiera por unos minutos a hacerlo, resignado, se levantó luego del asiento y pronunció unas líneas que primero me dieron risa y después hicieron que deseara que me tragara la tierra (con toda mi mochila y carpeta):

-Bueno, todos sabemos cómo es Paty- empezó el gordito chancón, siempre compitiendo académicamente conmigo, sin lograr alcanzarme XD- No necesito decir mucho, solo espero que continúe por todo el camino que bien se ha trazado, dando los buenos pasos que hasta ahora ha dado- bueno, bueno, no serán las palabras exactas, pero algo así decía- y que continúe siendo lo que es: sencilla, buena, inteligente, y bonita. “Sencilla, buena, inteligente, y bonita” fue la frase final que remató en los gritos y silbidos alcahuetas de toda el aula.

El profesor luego de la sonrisita cómplice, me dirigió la palabra y me pidió que fuera a la casa de ‘Pucky’, mi mejor amiga en la Secundaria. “Ah, me van a hacer un agasajo” , alcancé a pensar en primera instancia, y toda la bulla del salón lanzó pucheros como diciendo “profe, la malograste toda, ya no será una sorpresa” pero éste, terminó la frase diciéndome “ anda a la casa de Liz para que des tus ideas para el Periódico Mural. “¿Cómo?, no entiendo, primero me cantan muy bonito, me hacen sentir lo que soy, la dueña del santo, y luego me mandan a hacer un trabajito escolar?”, fue lo que pensé, pero me creí el cuento.

Por la tarde preparé mi goma, mi tijera, mis lápices, y mis hojas. Mi tía, a sabiendas de lo que se avecinaba (ya le habían hablado previamente) me dijeron “qué?, con esa ropa vas a ir?”. Inocentemente les hice caso, a los minutos me vinieron a recoger un par de compañeras. Llegamos a la casa de mi amiga, pasé el corredor, y al ingresar a la sala: “Sorpresa”, más de la mitad del salón estaban allí reunidos, entre los que se encontraban también mis mejores amigos.

Me había quedado sin habla si no fuera porque reacciono demasiado rápido. Más tarde me comentarían si había hecho una expresión de sorpresa fingida, pues creían que el profesor había sido demasiado evidente. Pero no, yo estaba sorprendida de verdad, nunca antes me habían hecho algo así, y conmovida, nerviosa por el simpático gesto, hice un breve discurso de agradecimiento medio cursi que ya no recuerdo.

Lo anecdótico de la velada – que fue organizada por mi amiga Liz, otras dos amigas más, y el propio Francisco- (aparte de darme cuenta mucho después que algunos mostraban un particular interés hacia la torta y hasta se peleaban por ella (lo cual le bajaba puntos a mi agradecimiento, me sentía un pretexto para una comilona) fue la entrega del presente.

Se acercó Francisco- quien me incomodaría después con sus frases rebuscadas y adulonas de “Pequeña Einstein”, “niña genio”, y la comprometedora “Hoy eres mía” (mi pareja de baile, quise pensar)- y me entregó una rosa artificial (que semanas después terminó en el tacho de basura- qué cruel) y un regalito que, al recibirlo, se me cayó, se le cayó, se cayó, no sé, pero se hizo pedacitos( y con él, el corazón del pobre Francisco). Silencio sepulcral en la sala.

Solo después de abrir la caja y armar las piezas rajadas me enteré que era un adorno de sala, una especie de pileta y escultura con corte renacentista. Ya tienen idea dónde debe estar ahora mismo. Qué cruel.

Después de aquella tarde un buen grupo de chicos, digamos diez, fueron conmigo a “invadir mi casa”, y mi tía, atenta como siempre, les sacó torta, bocaditos de picar y más gaseosa.

Ese día extrañé a alguien.

Mayo 2008, Universidad SM.- Salí de mi clase de Álgebra Lineal. Era el viernes 23 de mayo 2008. En un momento llegué a pensar que iban a saludarme por adelantado puesto que no me iban a ver sino hasta el lunes, pero claro, las ideas se te esfuman rápido sobre todo cuando ni tú misma le prestas interés a una fecha supuestamente muy tuya. Ni siquiera adquirir la mayoría de edad me tenía pensando, ni esperando, ni reflexionando.

Mi amiga “Star” mediante algunos engaños incisivos, me sacó del salón donde estaba y se dirigió a llevarme a otro. Yo, sin la mínima sospecha, le hice caso obedeciéndola como una perrita fiel que sigue a su dueño sin cuestionamientos ni vacilaciones.

Siempre me creo la viva, la intuitiva, la que lee las cosas antes de que lleguen a ser evidentes. Pero ignorar, no saber, no esperar, tal vez eso es lo que hace más rico el momento.

Abrieron la puerta y allí aparecieron una fila de compañeros de Mate’ aplaudiéndome, ovacionándome. Qué emoción caracho. Había una inscripción en la pizarra: “Feliz cumple’ Pata”. Qué bonito caracho. Se acercó mi amiguita Estrella( quien organizó la reunión junto a Jeannet y Candy) y uno a uno me fue entregando un presente que todos ellos habían contribuido. Abrí el primero, un juego de ajedrez.Qué comen que adivinan caracho. Abrí el segundo, un peluche-monito muy original que tiene un sensor que “siente” cuando alguien pasa. Manda silbidos el monkey ése. Aún lo tengo allí, levantándome la autoestima de vez en cuando, piropeando mi cuerpito amorfo.

El tercer regalo, sin duda fue el más bonito. Todos los chicos, la mayoría de mi base y unos que otros de otra escuela, me habían escrito una dedicatoria en una pequeña libretita. Cada vez que lo leo me pica un poco el corazón. Me hacen reír, me ponen nerviosita, me entusiasman, me conmueven un poquito. Cuando me imagino toda la “travesía” – en palabras de mi propia amiga- que les tomó hacer cada nota de ese cuadernito a fin de que yo no me enterara de nada, me hace sonreír.

Les debo mi alegría, muchachos. Y más a ustedes, mis amigas, las que me hacen dar cuenta que existo cuando ni yo misma me tomo importancia.


jueves, 20 de mayo de 2010

Cosas que no importan (pero vaya que sí)

Una de mis grandes búsquedas es la que le dedico a la libertad. Me gusta expresarme libremente, vivir sin represiones, sin cargos de conciencias, sin ataduras, sin limitaciones. Desde siempre me he empeñado para alcanzarla, y mis esfuerzos han hecho que, por ejemplo, cambiara radicalmente mi visión de las cosas, que cambiara yo.

Sucede que si bien sé qué es lo que es primero en esta vida, me doy cuenta que sin darme cuenta (qué gracioso sonó eso) a veces me pierdo, y yo solita me contradigo, caigo en las mismas cosas que yo misma condeno. Podrán ver lo contradictorio que resulta haber escrito el anterior post y ahora escribir éste, como si nada. Acostúmbrense a eso.

Por ejemplo, me fastidia tener que preocuparme en mi aspecto- y quién te obliga, dirá alguien-. Pero no sé, tal vez la cosa cambie (y este lamentable post no existiría), si, por ejemplo, yo hubiera nacido con el encanto y la belleza de la siempre guapa Jennifer Aniston. La cosa cambia, claro, si no fuera porque, tengo que decirlo, bien picona, que mido menos de metro y medio, poseo unas cejas excesivamente pobladas, lunares esparcidos por toda la cara, y uno en especial ubicado precisamente(no como lo tiene Cindy Crawford, sexy y provocativo) en la zona irrisoria de la puntita de mi nariz. La cosa cambia, de no ser porque- ya lo mencioné alguna vez por allí- que tengo las caderas bastante ensanchadas, unos pechos con llanura de carretera, un trasero -muy crecido el sinvergüenza-;algo así como, para la ilustración del lector, toda una Venus de Willindorf, pero descontando las tetas.

La cosa cambia, si no fuera porque soy una chata patilluda, bigotona, paticorta, velluda y cachetona.

Son muchas las veces que reniego para mis adentros sobre esta apariencia, sobre este cuerpo por el que a veces no me he llegado a sentirme identificada. Varias son las veces que he deseado haber nacido en otra piel (pero con la misma persona en la que me habito, claro).

Pero, de hecho, con el paso del tiempo vas aprendiendo de que eso no es lo importante, que hay otras cosas en esta vida.

Aprendes que, a pesar que hay gente invierte tiempo y dinero en el GYM, en los salones de belleza, en la cirugía, en el ‘cuidado personal’ en general; sabes que no hay que descuidarse del cuidado de lo que llevamos dentro y no se ve. Sabes que el aspecto exterior no lo es todo, lo que más valen son los sentimientos, los valores que cultivamos, las cosas que nos llenan como seres humanos. Claro, sabes que no te deberías interesar si la persona es fea o no, que primero deberías conocerla. Sabes que el concepto de belleza no es único y fijo, que en realidad es un ideal que la gente conceptúa de acuerdo al tiempo, el contexto social; que al final, son todos simples estereotipos, formatos, modelos, patrones que son tan cantados en propagandas, medios de comunicación y afiches comerciales.

Sabes que todo en este mundo puede ser engañoso, que no debes fiarte de esta sociedad consumista en la que lo superficial se vende mucho mejor, porque muy pocas cosas se comunican desde la mente o el corazón, porque todo se rige bajo los sentidos.

Claro, sabes mucho, tu autoestima es fuerte, pero al final, terminas haciendo lo contrario.

Al menos yo, reniego cuando, por ejemplo, elijo no llevar los lentes (y sí que los necesito) porque con ellos me siento más fea (de lo que ya soy). Reniego cuando me da risa la figurita que veo frente al espejo, cuando me paro frente a él, desnuda, y me digo: “ah, no, más linda es mi alma”.

Reniego cuando, al interactuar con un chico guapo, me siento incómoda, nerviosa, y sin embargo, con un feúco, me siento tan segura, yo misma. Reniego cuando tengo que aguantarme de no comer tantos snaps, o los chocolatitos que tanto me encantan( Y pensar que, más que un tema de salud, tiene que ver con la figura, la apariencia, el saber que se ve mejor una flacucha que una rolliza.Y pensar que nuestros antepasados preferían justamente a las segundas, claro ejemplos de ello son las esculturas de las Venus o las modelos gorditas de Botero. Seguro que ellos ahora encontrarían en las flaquitas mujeres huesudas, cadavéricas, cuerpos que provocan náusea).

Me revienta tener que fijarme tanto en esas apariencias. En creer que “los ojos son las puertas, el reflejo del alma”. Caracho, eso solo es cierto de vez en cuando. Reniego cuando juzgo a los chicos en un plano externo, cuando me quedo mirando a los chicos bonitos, dejando atrás a los feítos, quizá más interesantes, inteligentes y buenos que los primeros. Reniego por preferir a aquél que es inteligente, de buen corazón, carácter simpático, con buen humor y encima, churro, y en cambio, tener que dejar atrás aquél que reúne todas esas cualidades pero menos la última.

Reniego por todos los videos y fotos que guardo de chicos tan bellos por fuera. Por todos los certámenes de belleza que el mundo celebra. Por todos los gimnasios, salas de belleza, maquillajes,cirugías estéticas.




Reniego, porque las apariencias todavía cuentan, y mucho. Me fastidia no poder reconocer, al instante, la belleza que no la determina la simetría ni los cánones consagrados. Me encoleriza haber gastado mis energías en cosas vanas e inútiles. Por ser, de vez en cuando, tan frívola, superficial. Por dejarme llevar por la corriente, por la masa, por las que me dicen que “como te ven, te tratan”. Por no haber logrado hacerle saber a alguien, que detrás de una apariencia desagradable, también puedes encontrar cosas bellas.

Reniego porque cuando me digo "bah, no es para tanto, tampoco hay que tomarse las cosas demasiado profundas, serias,también hay que darle paso al humor, al comentario relajado, a las frivolidades, a la informalidad; de vez en cuando es bueno ser superficial" pero por dentro, bien que me creo todas esas cosas, y las sigo arrastrando hasta llegar al prejuicio, a la burla, incluso a la discriminación.

Pero sobre todo, me molesto a mí misma, reniego con la Paty de adentro, porque, a pesar de saber todo eso, aún vive atada y subordinada al paisaje que divisa a través de los ojos, mientras se olvida de que aún hay cosas valiosas que yacen ignoradas de la contemplación del ojo, el mismo que, irónicamente, también nos ha vuelto ciegos.


martes, 18 de mayo de 2010

Ay, el amor, el amor

Qué cosas más tontas (y lindas) las que una se pone a hacer cuando está enamorada. Nunca me había puesto a pensarlo seriamente.

Ayer, cogí mi frasco de champú y el del acondicionador. Humedecí mi cabello de sesenta y tres centímetros, y vacié sobre él el PANTENE y luego el BONABELL. Tomé la toalla, la enrollé en mi cabeza, limpié el baño, me saqué la toalla y cogí el peine: Terminé por demorar unos cincuenta minutos.

No es broma, pero mi costumbre es no peinarme. El apuro, la flojera, las insistencias de mi hermano o mi tía por querer entrar al baño, etc, siempre confabulan contra mí y hacen que opte, sin que yo lo desee, a que tome una liga, la enrolle alrededor del bulto de cabello que formo en la muñeca, me coloque el sujetador a la altura de la nuca ,y ya. No me hago tantas vainas, si al fin y al cabo, pienso, el viento que viene de una ventana abierta del microbús en el que viajo ( mientras yo duermo muy tranquila con el prendedor de cabello en la mano y éste( mi cabello) enrollando mi cuello como si fuera mi bufanda)siempre termina por arruinar todo el trabajo que empeñosamente una se toma a realizar toda la mañana. No manches pues.

Sin embargo, ayer, casi con el mismo esmero con que un perro se rasca las pulgas, me encontraba yo, alisándome el rebelde cabello crespo que heredé de mamá. Ya cuando la cabeza y el brazo me dolían, reparé con que en la pequeña batea en la que había depositado, una a una, todos los cabellos que se me desprendían, había hecho una bola de pelos con la que sobrado me hacía una escobilla para lustrar zapatos. Qué miedo.

Con pena y asombro, retiré la peluca de la tinita, mientras pensaba en cuánta razón tienen mis tías cuando dicen que ya es hora que me corte el cabello, que “qué cosa es esa cosa que cuelgas, ya parece cola de caballo”, o la burlona frase aprovechando mi baja estatura: “está más grande que tú”. Pero ellas no saben cuál es la principal razón que tengo detrás para insistir en dejármelo así como está, que es una razón que va más allá de que es signo de feminidad, o del simple hecho de sentir lástima por cortarme algo que me tomó más de tres años en estar como está.




La razón es que al parecer, a él le gusta uno “largo y ligeramente ondeado” , y pos yo estoy enamorada de él, y pos, verás tú las cosas más tontas de las que he sido capaz de hacer por él.

La misma huachafa de hace algunos años, a la que no le importaba qué tal se veía, ni qué bobadas los chicos comentaran acerca de ello, ahora tiene cuidado con la ropa que se va a poner. La misma chiquita desarreglada, ahora coloca en la barra del buscador Google cosas como “depilación de cejas”, “cómo bajar seis kilos en cuatro semanas”, “cabello saludable” y etc etc. La misma niña que antes mantenía su amor platónico entre los más estrictos secretos, ahora lo nombra, lo llama, le hace señales, busca llamar su atención, le dedica cientos de cientos de relatos y poemas que algunas veces hace públicos; lo acecha, desesperada. La mismísima Paty al que no le importaba las cuentas de correo, las redes sociales, ahora corre desesperada, como loca, a revisar si por obra y gracia del Espíritu Santo, aparece algún mensajito del fulanito que le reactive los más hondos y sofisticados circuitos del corazón.

Ahora que está enamorada, comienza a despertar la otra mujer que en ella dormía. La mujer que quiere verse regia, linda, bonita, maravillosa. Esa mujer que antes, ningún otro chico, pudo despertar.


miércoles, 12 de mayo de 2010

El Fin del Mundo


Estoy cansada de escuchar, una, diez, centenares, miles, millones de veces la misma cosa: “El mundo se está acabando. Comienza el Fin de la Humanidad”. A ver, a ver, cálmate chico. ¿Quién te dijo que así será el final?.” No, que las noticias lo dicen, que la predicción maya nunca se equivoca, que está escrito en la mismísima Biblia, no te das cuenta?, todos estos desastres son las señales del comienzo del fin”. Vaya, vaya.

Ok. De una cosa soy consciente: Los glaciares se descongelan, la capa de ozono está notablemente dañada, cada vez es más común ver a alguien con cáncer. Pero, vamos, tan mal no está el mundo, al menos como yo lo veo. Esto de la igualdad de género, raza, nacionalidad, etc, se está extendiendo por el mundo, a pasitos lentos o no, pero estamos avanzando. También ya ha pasado mucho desde de la Segunda Guerra, y al parecer, estamos bien lejos de la Tercera, y eso no es pura casualidad, mira que los seres humanos idiotas idiotas tampoco somos, y poco a poco nos hemos dado cuenta que cooperando, el Mundo va mejor. Estamos aprendiendo de los errores del pasado, pues.

“Vaya, qué chiquita más ingenua es la que escribe aquí. Se nota que no ve las noticias, que no vive en este mundo. Pobre, no sabe lo que es sufrir.”

Sí, lo sé. No estoy informada, prácticamente vivo en una cápsula. Pero me basta un poquito de razonamiento y sentido común, y el natural optimismo- ingenuo o no- que suele emerger en mí, para darme cuenta que, el Mundo todavía tiene para rato, y que apostaría a que Dios, o como se llame esa ‘fuerza creadora’, está de acuerdo conmigo. Si no, que me parta un rayo antes que estas líneas lleguen a ser colgadas en Patydrómeda.


Quizá las películas “2012”, “Presagio”, “El Día Después de Mañana”, y toda esa tira de películas americanas en las que siempre alguien pretende hacerse el héroe y en la que siempre alguna fuerza (del agua, del fuego o del aire) se termina arrasando con nuestro planeta , esté alimentando en nosotros ese temor apocalíptico que vive intrincado dentro de nosotros. Quizá vivamos con el temor a flor de piel de que las ‘señales’ tan cantada por profetas, pastores y las mismísimas Escrituras, están empezando a aparecer a través de las noticias en nuestros ojos. Quizá vivimos en la constante amenaza de algunos, en esos mensajes casi subliminales que te dicen “pórtate bien o sino te vendrá un castigo”. No lo sé.

Pero si de algo estoy convencida, es que me llega altamente todas las predicciones proféticas, los horóscopos, las visiones de algunos ‘iluminados’. Creo que hay muchas generaciones más por venir, cada una mejor que la anterior. Creo que los humanos nos haremos cada vez más humanos. Creo que con el tiempo, esta Tierra que ahora pisamos, será el Paraíso prometido, ese paraíso en lo que algunos creen. Creo en que no existe el infierno. Creo en un Mundo mejor.

Por ello, no tengo nada qué temer. Creo que esta vida es todo lo que tenemos. Que debo procurar amar, ser feliz sin fastidiar a nadie, sin hacerle mal a nadie. Que debo tomar del Mundo solo lo suficiente para alegrar mi corazón, tratando de alegrárselo también a alguien. Que debo de acumular mi memoria de gratos recuerdos, de llevar un ánimo saludable. Que de cada experiencia desagradable, de cada dolor, de cada sufrimiento, debo tomar solo lo aprendido, esa esencia que nutre y te llena, pero nunca los recuerdos de la angustia y la opresión. Sé que debo dejar alguna huella para no morir, y que lo único que he de llevar de este mundo, es la felicidad que logré arrebatarle a la vida, un corazón tranquilo que ha sonreído.

Creo que no debo dejar deudas pendientes. Que debo hacerle saber en vida- del modo que fuese- a cada persona que quiero, que la quiero. Que debo vivir tratando de alcanzar algún sueño. Y que debo morir con alguno no alcanzado.

Por todo esto, si en verdad llegase el Fin del Mundo, si tal evento finalmente fuese posible, estoy aquí, dándole cara a tal día. Pero mientras, seguiré contemplando a los demás,con esas interminables subastas de fechas, de quién da más, como se animó a decir un amigo: “¿por cuánto tiempo seguirán adivinando hasta que al fin les ligue la fecha real?”.

[Un detalle, solo por mencionar: ¿Alguien se ha dado cuenta de lo curioso que es el número de “elegidos” que aparece en el libro Apocalipsis de la Biblia? Se trata de nada menos que el 144000, que no es otra cosa que (1x2x3x4x5)2 que en notación matemática es el factorial de cinco- quien a su vez es un número primo- elevado al cuadrado; así: 5!2. ]


lunes, 10 de mayo de 2010

A mi mamá

Soy de las personas que vive el presente, no ando añorando mi pasado ni planeando demasiado para mi futuro; fresca y conchudamente, vivo solo el momento. A veces eso ayuda, ya que por ejemplo, no vives con remordimientos ni frustraciones, ni guardando rencores para con nadie; te resulta tan sencillo perdonar y olvidar. Pero por otro lado, también aquélla condenable actitud puede hacerte una persona un tanto insensible, fría, ingrata, desagradecida. Ése es mi caso.

Desde los casi siete años, la distancia entre mi mamá y yo ha sido demasiado grande. Mi mamá no estuvo para cuando salí en esa Miss Primavera de mi segundo de primaria. Tampoco para todas las chocolatatas de fin de año. No estuvimos juntas para las navidades, ni las celebraciones de mis cumpleaños. No me vio bailar en todas las festidanzas de la Secundaria, ni estuvo cerca en mi primera menstruación. No la vi contentarse con mis triunfos, ni levantarme el ánimo para cuando algo me salía mal. No pudo llevarme al doctor en esa noche que me dio una infección estomacal, ni abrazarme todas las noches cuando tenía pesadillas. No tuve la oportunidad de hacerla renegar por negarme a comer esos quesitos que tanto odio. NI tuve la oportunidad de contarle sobre aquél chico que tanto me gustaba. No pude decirle “te quiero” por mi cuenta cuando hablábamos por teléfono. No le llegué a entregar ese corazón con esa ‘poesía’ que hice de niña. Sin embargo, estoy segura que ella quiso, como yo, estar conmigo para todo esto.

Dicen que la distancia y el tiempo le hacen al amor lo mismo que el aire al fuego: cuando es débil, lo apaga, si es lo otro, ustedes ya saben, crece más.


Quizás por allí se atrevan a juzgar lo que pasó conmigo.

Pero no. Por las líneas de atrás podría pensarse que guardo algún reproche, algún enojo y resentimiento camuflado, una pena no disuelta, pero no.

Cuando pienso en mi mamá, pienso en todas las veces que la acompañaba al Mercado Central. La veo luchadora, siempre creativa, ingeniosa, vendiendo hasta las piedras para llevarnos un plato a la mesa que a veces me resistía a comer. Cuando pienso en mi mamá, pienso en todas las muñecas de trapo que vendía, los buzos que cosía, las carteras, las mochilas, las papas a s/0.50 el kilo en la puerta de la casa; la encuentro ofreciendo las esponjitas de lavar en el mercado, las rosas artificiales aprovechando el Día de la Madre, los chizitos que distribuía, o vendiendo esos rollos de papel higiénico. La recuerdo así, chambeando infatigable.

Cuando pienso en mi mamá, pienso en el extracto de zanahoria, en los correteos para que tome el ‘quaker’, en los gritos a mi papá para que despierte (que ojeroso y holgazán, nunca se levantaba solo), los cuentos en la noche, las adivinanzas de las mañanas, en aquél momento más triste que recuerdo que pasé con ella, que fue la vez en que se cayó y cojeando para tomar un bus, nadie nos quería recoger (acaso pensaban que subía una señora con su hijita de cinco años a pedir limosna?, acaso nos creían pordioseras? , o qué rayos ah!!?)

Cuando pienso en mi mamá, la encuentro en el conteo de las monedas luego de brindar el servicio de combi’, donde ella hacía de cobradora; en las interminables conversaciones donde ella era la parlanchina, en sus escapadas a la Iglesia (cualquiera que sea) donde ella me llevaba de la mano,y en los anticuchos con choncholí que nos comíamos juntas (cortesía de papá).

Cuando pienso en mi mamá, pienso en la gente que me preguntaba si la extrañaba (y la que sola se respondía que sí, que en ningún sitio iba a ser igual, pero todo en lo que yo pensaba es “no sé”). Pienso en la mala sensación que me dejaban algunos : “pobrecitos, no viven con sus padres”. Pienso en todos los momentos que no la extrañaba cuando supuestamente la debía de extrañar.

Cuando pienso en mi mamá, pienso en todas las cartas que hace poco descubrí en un maletín viejo, en donde entre otras cosas, se deja ver a grandes rasgos toda la preocupación que en la distancia, siempre tuvo para con nosotros; en todos los sacrificios que realizó secretamente, en los sueños que tuvo, en el perdón que alguna vez pidió, en la alegría que alguna vez le di sin saber.

Cuando pienso en ti ma’, pienso en todo lo que nos quieres, y en todo el querer que me falta darte. Pienso en todo lo que hemos vivido, y en la vida que nos resta recorrer.

Y para terminar, cuando pienso en ti, ma’, pienso en un ángel que, a pesar de las millas de distancia, aún se esfuerza por protegernos a pesar de lo manganzones que ya somos, y que un día, por sorpresa, y sin querer, descubrieron que había alguien, quien, silenciosa y subterráneamente, nos daba amor.

*Para los interesados, en la barra del buscador de Youtube pueden colocar “buscandoeltitanic” (ésa es mi cuenta allí) y échenle un clic al hipervínculo: “A mi mami”. Se lo dediqué a mi madre a propósito de su cumpleaños.


miércoles, 5 de mayo de 2010

Las mentiras hieren






Las verdades nunca me hirieron. Tal vez una de las tantas cosas de las que me gusta jactarme, es que me conozco demasiado bien como para aceptar con humor y naturalidad mis supuestas dolorosas verdades.



Lo que me marca, me joroba, me fastidia, me inquieta, me cabrea, son, efectivamente, las mentiras. Que alguien tenga el atrevimiento de juzgarme con argumentos que yo considero falsos, eso me pone de mil colores.



Solo espero que la vida, el paso del tiempo y los dilemas de cada experiencia, me enseñen a templar el alma y pulir mi descernimiento para lograr un buen juicio en situaciones que impliquen sentimientos encontrados, estados críticos.



Porque, la verdad, me quiero mucho, y no quiero llorar otra vez.




[Y por siaca', no estoy triste]