jueves, 29 de abril de 2010

Travesuras Hormonales

Quizá más de uno se sorprenderá de que yo escriba sobre estas cosas, quienes pensarán- qué gracia me da- que yo soy inocente, ingenua, una chiquita que inspira ternura. Ja!, ay, si supieran.

Tenía unos seis años cuando ciertas veces me quedaba viendo alguna peli’, de ésas etiquetadas ‘mayores para 18’, o ‘para ser miradas con la presencia de un adulto’. Las miraba a las espaldas de toda la familia, que en el silencio de la noche, solo se dedicaban a roncar.

No es para justificarme de nada – nooo, qué va- pero el hecho es que siempre he sentido(desde que tengo uso de recuerdo) cierta atracción hacia los pectorales masculinos. Ver a un hombre, de facciones muy varoniles, muy guapo él, con un aire de galantería, de inocencia, y que, oh Dios mío!, empezara a sustraerse los botones de la camisa mostrando poco a poco sus sexy’s pectorales, muy proporcionados ellos, de verdad, me causaba algún grado de excitación.

Acuciada por esos deseos de volver a sentir aquéllas prematuras sensaciones placenteras, es que recurría de vez en vez a esos tipos de películas que, algunas veces mostraba escenas indeseables, malvadas, ofensivas, vulgares.

Por ejemplo, en nuestra PC y en algunos discos que yo misma quemé, aún conservo algunos videos que descargué de Youtube, que por lo general son striptease-que han de cumplir ciertas condiciones- grabados por chicas que concurren a los ‘nightclubs’ (diablos, ni sé cómo se escribe) limeños como Piso 14; videítos que por cierto, ojalá que mi tía nunca descubra.

El tema es que, nunca se dejen llevar por las apariencias, señores. Si alguien alcanzó a pensar ,que , en el país de la Sexualidad, yo sería una retrasada sexual, se equivoca. Entiendo los chistes de doble sentido, leo todos los sábados “El Campo de Venus” del Somos y hace años que dejé de ser la niña inocente que algunos creían que era. Basta ya de tonterías, y empecemos a hablar sin tapujos, clichés, tabúes, ni paltas.

Como el comercial de Sprite: Las cosas son como son.

lunes, 26 de abril de 2010

El Ajedrez y yo


Tenía unos seis años cuando un amigo nos enseñó (transgrediendo horrorosamente más de una regla) a mi hermano y yo, a jugar al ajedrez. Pero no quedé de ningún modo encantada. Preferíamos pasar las horas jugando al popular ‘Monopolio’, ‘Millonario’, ‘canicas’, ‘chapadas’, ‘escondidas’, y otros jueguillos por el estilo, antes que pasarlo frente a ese tablero de sesenta y cuatro escaques con piezas frías, inanimadas.

Pero fue a los doce, mientras hojeaba el suplemento deportivo de El Comercio para enterarme de alguna buena nueva del fútbol nacional, cuando tropecé, por grata casualidad, con un cuadrito lleno de números y letras:

"1.d4 d5 2.c4 c6 3.Cc3 Cf6 …"

Por allá, a fines de enero y principios de febrero del 2003, se llevaba a cabo un duelo en la que un humano se enfrentaba a una máquina: El gran Kasparov, ex campeón mundial del deporte ciencia y considerado para muchos el mejor de la historia, versus ‘Deep Junior’, un programa de ajedrez que calculaba millones de jugadas por segundo.



Atraída e intrigada por el significado de esa extraña combinación de letras y números, rebusqué entusiasmada un tablero polvoriento que había quedado olvidado entre mis cajones con polilla. Guiada por la numeración de las filas y el letrado de las columnas de mi tablero, conseguí, poco a poco, reproducir la partida en la que el buen Kasparov, con las blancas, terminaría perdiendo.

Pero estaba maravillada: No solo había interpretado, lo que se llama la ‘nomenclatura ajedrecística’ sino que aprendí de paso, cómo se efectuaba el enroque, el verdadero enroque, el que mal me enseñaron cuando era infante.

Ésa fue la vez en que descubrí la belleza del juego ciencia.

Movida por el entusiasmo, vacié toda la ‘biblioteca’ de la casa, buscando diccionarios y enciclopedias que me hablaran de las reglas del juego, de campeones de ajedrez. De pronto, un tablerito de 10 cm2 con piezas imantadas se había convertido en un implemento infaltable que iba camuflado en mi mochila escolar, listo para ser campo de batalla para con todo aquel que se atreviera a retarme (y a perder).

Ya a los catorce, por esas oportunidades que te da la vida o de las que te consigues por allí, participé en un campeonato de verano realizado en la sede central de la FPA (Federación Peruana de Ajedrez), en el Estadio Nacional. Separando (injustamente) la competencia entre hombres y mujeres, me tocó disputar la final con una niña de unos ocho o nueve años. Haciendo alarde de una ingenua confianza, dentro de mí me dije: “A ésta le gano como a toditas las demás”. Pero antes de terminar la frase en mi cabeza, me empotraron un reloj de ajedrez:”¡Oigan!, nadie me dijo nada sobre relojes”- reclamé para mis adentros. Estaba aterrada. Era muy lenta e indecisa, y encima me ponían ese bendito aparato que controlaba cada segundo de mi tiempo.

Cuando el reloj se puso en marcha, tres minutos para cada una, malditos tres minutos, ya sentía que la partida había terminado. Comencé a hacer movimientos torpes y nerviosos, dejé comer tontamente algunas piezas; y la muchachita, pequeña pero madura, mocosa pero segura, había empezado a aplastar todas mis ideas de grandeza del principio. Al final, la enana me ganó. Por tiempo, pero ganó. Con algo de vergüenza, le extendí mi mano de perdedora a la niña, y caminé con mucho roche hacia la improvisada ceremonia de premiación, y me fui, alegre al fin y al cabo, con mi bolsa de HALL’S y mi diploma y medalla de segundo puesto.

Tres años después, ya en la universidad, participé en un campeonato interno de mi facultad, en la que terminé siendo parte del seleccionado que intervendría en el interfacultades de la universidad. Pero por “x” razones, no volví a jugar.

Y ahora, pienso sacarme el clavo. Estoy de vuelta. Quiero revivir esas viejas y tontas ilusiones de púber, de aquéllas en la que quería ser campeona mundial. Quiero seguir enfrascándome una y otra vez, bajo los efectos hipnóticos de cada bella y mágica jugada de Radjabov, Anand, Polgar, Nakamura, Kasparov, Topalov, Carlsen. Quiero enseñarle a mi hijito (el día en que lo tenga) cómo se mueven las piezas;empeñarme a desarrollar con él todas esas cosas que los expertos le atribuyen a ese juego: Que estimula la creatividad, que mejora la memoria y la concentración, potencia la capacidad de analítica, lógica y reflexiva, disciplina la mente, templa el espíritu, explaya la imaginación.

Pero por sobre todo, quiero continuar mi pasión por el ajedrez.

viernes, 16 de abril de 2010

Los regalos que me gustaría recibir

Comprendo que a caballo regalado no se le mira el diente, pero no estaría mal mirarle la utilidad al caballo.

Lamento decepcionar a quienes piensan que soy feliz con cualquier obsequio entregado con amor. Desgraciadamente (o afortunadamente) soy más práctica que sensible, y algo materialista, como para decir que cualquier regalo dado con mucho cariño será el mejor regalo para mí. Mentira.

Los mejores son los que me son útiles, los que usaré con frecuencia, lo que me durará para siempre o en un instante tan solo, pero que habrán contribuido con un instante de felicidad. Dando paso a la conchudez y la frescura que me caracteriza, pasaré a mencionar lo que espero toda vez que se acerca mi cumpleaños, navidad o cualquier otro día.

1.-Un libro sobre Aperturas y Finales de Ajedrez, o de poesía, o cualquier entretenimiento por el estilo, que sea ligero, me haga reír, o me estimule a pensar. (Sea pirata, fotocopia, archivo imprimido de internet, etc- original es demasiado pedir-)

2.-Programas de computadoras

3.-CD’s de música, no sé, Coldplay, Amén, Shakira o cualquier compilación de rock, pop y baladas.

4.-DVD’s de conciertos o video clips de Alejandro Sanz, Ricardo Montaner, Franco de Vita, etc.

5.-Un trabajo (del qué vivir)

6.-Cuadernos DECROLY marca Loro y un lápiz portamina.

7.-Un manual para aprender guitarra.

8.-Un juego de go

9.-Un reloj pulsera

10.-Un set de pintura, o sea, témpera, cuadernillo y pincel, lo más barato, no me importa.

11.-La oportunidad de grabar una canción en un estudio de los grandes. (XD)

12.-Un juego de ajedrez (ya tengo siete, pero no tengo problemas por aumentar el número)

Realmente no me importa el valor monetario, sino la utilidad material y emocional que aquello podría significar. Mil veces algo qué gastar o consumirse y del qué tener recuerdos antes que alguna cosa que tengas que relegarlo al polvo y al olvido.

Algo que sí no cuesta nada, es una sonrisa. Que me regalen una sonrisa transparente y espontánea es algo que puede llenarme al menos un ratito. Ah!, y los regalos originales e inesperados, los creativos, sin duda, son lo mejor.

Todo lo escrito aquí va muy de acuerdo con el estilo que tengo por dar lo que me gustaría recibir. No sonaría extraño haber regalado a mis amigas más cercanas una novela coreana, una cajita de pasteles, un libro espiralado de Mafalda, del Diario del Chavo, y otras locuras más.

Adornos, portaretatos, peluches, son cosas que solo las guardo por la estima para con la persona que me la dio, pero a la larga, es en realidad un bulto más entre un montón de cosas sin usar.

Lamento ser tan dura y fría.

martes, 6 de abril de 2010

Estoy loca

Empiezo a darme cuenta que soy demasiado cruel, insensible, indolente, egoísta (bueno, no es novedad) y sobre todo descarada para aceptarlo sin roches y remordimientos.

Anteayer estaba viendo una peli’ con una amiga (que por cierto, me tiene aturdida preguntándome a cada rato que porqué me rio; ay, si supiera ella, que soy de risa fácil- aunque cualquier estupidez sin creatividad no me causa ninguna gracia- que me es tan natural sonreír, tanto ,que ni siquiera me doy cuenta de ello, y lo que es peor, a menudo ni sé porqué).

Pero bueno, estaba con que veíamos “El niño de pijama a rayas”, y una vez más, mi amiga, sorprendida de que me riera en una película esencialmente dramática, soltó otra vez un cuestionamiento sobre mi comportamiento. Pero no es que me riera de que la gente se esté muriendo, me reía por ciertos parlamentos de los personajes, de alguna buena ocurrencia. ¿Sonaba raro que me riese un poquito? No lo sé, pero el hecho es que no es la primera vez que me pasa. He sabido recibir más de un resondrón por reírme en hospitales, en casas donde hay enfermos, o en otros lugares por el estilo( menos en velorios).

Y colocar “Estoy loca” como título no es por hacer ironías: Va en serio. Luego de ponerme a pensar un poquitín, de reflexionar, de hacer una introspección que no duró ni un minuto, me he dado cuenta que soy anormal, chiflada grave, algún tornillo se me debe de haber salido.

Como suele pasar siempre, mantengo ideas que de por sí son extrañas y van en contra de lo que piensa el común de la gente. No es por ser alarde, ni desdeñar el sentido de la multitud, pero seriamente, darme cuenta de ello me ha puesto triste. De verdad que nunca me había puesto a pensar por qué soy tan distinta al resto, por qué no soy más normal, por qué no pienso como todos. ¿Por qué esto de pensar que cuanto más ignores el sufrimiento (propio o ajeno) sería mucho más fácil de sobrellevarlo? Por qué tengo conceptos nuevos de mentira, verdad, autoestima, flojera? Por qué en realidad, todo mi diccionario es tan personal, tan distinto al de los demás? Por qué tengo que soportar más sermones de mi tía, más “cállate la boca” o “calladita te ves más bonita”? No lo sé.

Como piensa Renato Cisneros, como lo dijo en una línea de algún blog, también creo que la gente puede educarse, aprender y adoptar costumbres, vicios y manías nuevas, pero jamás, podrá quitarse de la piel el carácter, el temperamento, los valores, todas esas cosas inherentes a la persona que lo acompañarán irremediablemente hasta su muerte.

Pueda que yo, en realidad, no haya sido tan mala realmente. Que no lo sea en el fondo, quizá. Tal vez esta vida se ha encargado de inculcarme estas ideas extrañas que me hacen (está bien esta gramática?) comportarme extraño para los demás, pero que no son otra cosa que mecanismos de supervivencia que he ido forjando en mi yo interno, para sufrir menos, para ser más feliz. Que, finalmente, soy rebelde porque el mundo me hizo así.

Creo que a medida que pasan los años, estoy encontrándome con mi verdadero yo, con la esencia de la verdadera Paty que soy, aquélla que la sociedad y la cultura se esfuerzan en adiestrar, en amoldar. Creo que cada vez soy menos reprimida, cada vez estoy siendo mucho más espontánea y natural, cada vez me conozco y me acepto más. Y acepto que a veces soy demasiado cruel, fría, egoísta y que solo reconociéndolo algún día llegaré a cambiar un poquito siquiera. Pero aun cuando yo veo en esto una actitud saludable, me temo que los demás fugarán del susto que se les avecina, verán en mí una seria amenaza.

Sin embargo, el problema de todo es que me gusta cómo soy. Me siento cómoda siendo fresca (la lechuga se seca a mi lado- dice mi tía), sinvergüenza, conchuda, protestona. Incluso cuando los demás encuentran en esto actitudes de mal gusto, que solo te llevan a ser el hazmerreír de la gente, yo, estoy bien, y muevo la cabeza en señal de aprobación, para con la Paty que llevo dentro.

Y por todo esto, creo que estoy loca.