lunes, 25 de octubre de 2010

Lidiando por la autoestima

Hay una cosa que me fastidia muy a menudo y de la que siento necesidad de decirlo aquí. Y es que, creo que no tengo amor propio. Si tuviera amor propio, no mostraría esta maniática costumbre de calcular ‘al ojo’ cuántos centímetros mide el tipo o la tía de allá. No interesa quién seas, siempre estoy comparando mi estatura: ‘Que le llego al hombro’, ‘que le alcanzo hasta el oído’, ‘que le rozo el mentón’, ‘ah, seguro debe tener 1.75m’,…Ando por el mundo así, sintiéndome un poco mal por ser chata, deseando silenciosamente contar con un 1.65m siquiera, para al menos soñar con ser actriz o no llegarle tan baja a los chicos que me gustan….(qué inmadura ^^)

Y está éste otro detalle que también me acosa: Mi cara. No tengo nada en contra de ella, pero mis pobladas cejas y mis cachetes que dan un perfil ‘no-sé-cómo-definirlo’, me hacen sentir incomodidad. Y por ejemplo, opto por no usar los anteojos incluso cuando me es necesario usarlos, porque sencillamente me parece que ‘acentúan mi fealdad’ (qué terrible). Aunque exista mucha gente a mi alrededor que suele insinuarme lo contrario, o cuando yo misma no me encuentre del todo tan mal, no puedo negar que a pesar de mis recurrentes esfuerzos todavía muestro indicios de chica superficial y frívola a la que le interesa mucho la apariencia, la cara exterior. A diario, lidio contra mi imagen en el espejo buscando sacar mi verdadera naturaleza interior. Es decir, me esfuerzo para mostrar por fuera la chica que soy adentro: Alegre, espontánea, fresca, juvenil. Pero todo lo que aparece por fuera es seriedad, un aire de adultez. Tal vez contar estos detalles innecesarios dé una muestra de mi egocentrismo, pero aún no lo he llegado a evitar. A donde quiera que vaya, ella está allí, acechándome, recordándome estos detalles inútiles e innecesarios.

Y ella me juega malas pasadas. Si voy caminando por la calle y cruzo con un grupo de chicos en una conversa y en plena burla, ya estoy pensando que se trata de mí (seguro que a veces acierto, pero igual). Si oigo de casualidad un comentario sugerente respecto a un tercero, ya sospecho que el motivo del raje ‘asolapado’ soy yo. Y aun cuando mis presentimientos sean los acertados, no debería importarme, pero me importa. Por más que inhiba o module mi inquietud, el detalle ya me afecta.

Ante una persona atractiva, no puedo evitar sentirme igual. Algo dentro mío se activa, y mi estado no es el mismo. Me advierto una diferencia que yo misma reprimo y trato de ignorar. Pero el esfuerzo es vano. Me siento insegura.

Tal vez esta debilidad venga del hecho que, muy en el fondo y sin que yo me percate de ello, juzgo a los demás por las apariencias. Quizá sea ésta la manera en la que mi frivolidad tiene su campo de acción y me recuerde a diario que de uno u otro modo estamos enganchados irremediablemente a nuestros rasgos físicos. Quizá el pensar que ‘lo que inspiras por fuera es lo que eres por dentro’ dictamine las pautas de mis juicios sobre mí misma y los demás. Quizá es que yo no esté contenta conmigo misma, y busque suplir esa falta de cariño tratando de ‘recolectar’ el aprecio de los demás. Como una niñita engreída que necesita atención y algo de popularidad. Y que desearía ser una chica bonita de la que alguien se pudiera enamorar sin esfuerzo mayor. Pero no.

Y ocurre que todo esto tal vez se deba a la mala manía de estar comparándome con tal o cual. Porque el sentirse así o asá tiene que ver indirectamente a la comparación. Si tan sólo fuera más simple, y me quisiera por encima ‘del bien y del mal’, no tendría por qué estar ‘mendigando la aprobación de los demás’. Sentirme bien conmigo misma sería suficiente para que las opiniones y apreciaciones de los demás me valga madre. Y a eso yo llamaría libertad.

Y aunque sabiendo bien que cuando te sientes bien por dentro, contigo misma, transmites esa convicción hacia afuera, en los demás, no cambio. Incluso pensando que el cuerpo es una simple cáscara, un mero ropaje que usamos para testimoniar ante los ojos de los demás nuestra presencia en algún lugar, todavía así, no cambio. Aun sabiendo que todo lo que percibimos de afuera es tan superfluo e irrelevante que no merece mayor atención, no me lo creo. No consigo convencerme a mí misma de que, a pesar de que la mayor parte del mundo tenga la visión condicionada bajo estereotipos y modelos de belleza y que viva subordinada a todo lo que aprecian sus ojos, no tengo el valor de batallar contra ello.

Simple y llanamente me dejo llevar por la corriente, acepto que soy feíta, que no hay solución; recuerdo esta circunstancia y me invade un sentimiento de frustración, de ‘maldita sea’, por qué no soy ‘así o asá’?. Y yéndome a lo más fácil, elijo no usar mis lentes y seguir andando por allí con imágenes difusas de la realidad, lamentando en silencio cada uno de mis también lamentables rasgos físicos ^_^ y terminando de escribir una penosa e igual de lamentable entrada como ésta.

Todo lo que digo no sucede todo el tiempo, y cuando pasa, a veces lo tomo con humor y relajo, pero en otras, sinceramente, mi poca autoestima ya me juega malas pasadas.

Me falta decisión.

4 comentarios:

  1. Es muy buena decisión la de publicar este escrito, sentido, iracundo asolapado, reconocedor de una mala autoestima. Nosotros somos lo que los que nos criaron hicieron de nosotros y, lamentablemente, es difícil de DESAPRENDER pero no imposible.

    No se trata de negarlos sino aceptarlos con todas sus deficiencias, carencias y compensaciones y entender que ellos también son productos de sus ancestros. De esta forma, está en nosotros auscultarlos, autocriticarnos y ser diferente a ellos pero sin negarlos porque son lo que son y, debido a su soberbia, no van a cambiar... pero nosotros sí podemos hacerlo (nosotros somos los que queremos cambiar y nos hemos dado cuenta de que tenemos algo que los demás, de una forma u otra, quieren reprimir porque no se parece a lo que ellos son o sienten o les enseñaron o contaron).

    Viendo desde arriba y desde afuera lo que tienes dentro -lo impuesto en ti- tendrás una mejor visión de lo que eres y será más fácil mejorar por dentro porque lo exterior no importa ni debe interesar (y hasta que deje de hacerlo hay que seguir trabajando por dentro para que lo externo no entorpezca aquel cambio que tanto necesitamos como individuos y como humanidad).

    Una vez que hayamos reconocido al ser parchado e improvisado que tenemos dentro, podremos moldearlo según ideas propias y consecuencias también, para seguir viviendo pero, esta vez, con tranquilidad interna, hasta llegar a la tan mentada paz interior si es que ese es el camino que queremos elegir.

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  2. Curiosamente cuando terminé de escribir sobre esto, leí una página de la revista Somos escrita por Rosa Montero , así que me sirvió de consuelo ^_^ y no pude estar más de acuerdo con ella. (Vale la pena leerlo)

    Y siempre gracias por tus comentarios Víctor, que como éste, me están ayudando demasiado a modelar mi temperamento nervioso e inseguro.

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  3. Yo lo que te recomiendo es que pruebes con distintos looks. Tenemos dos cosas en común: yo soy matemática como tú y siempre -como tú- me sentí poco a gusto con mi físico (lo chistoso es que los chicos siempre me hacían elogios y cosas como que era una chica bonita). El punto es, yo hasta hace poco pensé que era una mujer fea, siempre me sentí la más fea. Y el problema no es que fuese fea (no lo soy), sino que yo me afanaba en afearme y siempre traía los pelos en la cara, cubriéndome los ojos, la frente -que es bonita-, etc.

    Una amiga me ayudó a descubrir mi belleza física

    Hasta hace poco una amiga me dijo: eres una mujer muy bonita, lo que pasa es que te arreglas horrible. La chica me peinó, me quitó los pelos de la cara, el flequillo y quedé, te juro, una mujer muy bonita. También he aprendido a maquillarme y todo. La inseguridad todavía no se me quita del todo (sabiéndome una mujer inteligente, en eso basé toda mi vida mi seguridad; pero siempre estaba el frijol negro en el arroz y mi seguridad era -siempre- momentánea. A la menor provocación, decaía).

    Podría hablar mucho de esto. No lo haré más. Estoy segura de que eres una chica muy bonita; no puede ser que tú rostro no refleje la belleza de tan hermosas mente e ideas. Mírate en el espejo, déjate de tonterías y descubre todo lo bella que eres. Aunque el glamour no vaya contigo, hazte cosas en la cara, arréglate. Cuando uno no se siente feliz con algo, uno está obligado a hacer algo para que esa situación cambie. No lo dejes.

    Muchacha bonita, te dejo un afectuoso saludo.
    Ana Ruiz.

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  4. Qué tal Ana, gracias por el comentario.

    Desde que escribí esta entrada debo decir-con orgullo-que las cosas han cambiado para bien en mí. Tus ideas las voy a poner en práctica...ya mismo voy a empezar con una rutina de ejercicios.

    No se trata de una cuestión de figura, sino de salud y de sentirte bien contiga misma. Ésa es la idea que muy bien has puesto en lìneas.

    Gracias de nuevo por tu consejo, me gustó el detalle. Lo voy a seguir atentamente.

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