lunes, 27 de septiembre de 2010

Dramas de buses y calles

Un niño que rasca con un peine una vieja lata de leche Gloria mientras nos canta-‘melodiosamente’- algún tema cumbiambero. Un ex presidiario lleno de cicatrices ofreciéndote llaveritos o tofies arequipeños mientras nos cuenta su historia con las drogas y la delincuencia. Un tipo que dice,con una voz media quejumbrosa tratando de sugerir un poco de pena y compasión,que tiene a su hijo enfermo de neumonía mientras nos muestra unas recetas y órdenes de un hospital llamado Azángaro. Un muchacho que alega no tener trabajo diciendo “mira padre, mira madre, yo sé que he subido a incomodar tu viaje, pero mira varón, yo no quiero que me des la espalda cuando pase por tu asiento. Y oiga, yo no he venido con las manos vacías…”.

Para los que viajan a diario en autobús público ya deben saber todas las historias(reales e inventadas), las mismas frases, todas las formas de invocar con voz sentimentalona un poco de sensibilidad a los pasajeros que se hacen los dormidos o continúan indiferentes una conversación.

Cuando los veo, siempre hay un trío de preguntas que circulan por mi cabeza. Las mismas que se presentan cuando por puentes, esquinas, semáforos en rojo y puertas de tiendas encuentro a niños haciendo acrobacias o señoras de edad con un niño en brazos rogando una limosna. Y la primera disyuntiva a la que me enfrento es: ¿dar o no dar?

Si doy, pienso, podría menguar por medio día el hambre de una de ellas. Puedo con un sol llenar medio estómago de bebé. Como también puedo estar continuando el círculo vicioso del conformismo, de gente que en vez de encontrar alternativas creativas de solución, se sume en la frustración, y asumiendo una actitud cómoda y pasiva,espera la caridad ‘del hermano’ y el rescate (imaginario) del Gobierno. Si doy, me repito, estoy dando pescado solamente y no enseñando a pescar (tal como hacen los gobiernos populistas quienes creen que regalando ollas y un poco de dinero están ayudando a la gente)

Me pregunto que si comprándole una fruna a un niño, no estaré colaborando acaso (inconsciente o no) con que otros padres irresponsables envíen a sus hijos a trabajar para que mantengan a sus hermanos menores,alimentando así la continuación de la cadena de niños que trabajan y no estudian. Niños hecho adultos velozmente y que a la fuerza pierden la inocencia y energía por los juegos, propios de un niño.

Cuando pienso en estas cosas, me sigo preguntando si lo mejor es dar. O en todo caso, no dar. Y me digo entonces que tal vez no dando, estaré haciendo una implícita protesta contra el desgano de esta gente. Contra el poco criterio de un Estado por no ofrecer alternativas de empleo a quienes conseguirlo les es casi imposible por tener un historial ‘manchado’. E insisto en pensar que incluso cuando una monedita mía pueda ‘levantarles la moral’ como algunos de ellos dicen, o quizá paliar alguna necesidad inmediata, sería mucho mejor hacerlo a largo plazo, con una ayuda para siempre.

(…)
A los catorce pensaba que, en vez de colocar propinas en el vasito de plástico de algún hombre mendigando un pan, tal vez sería mejor ahorrarlo, y para cuando sea dueña de una próspera empresa (así me lo alucinaba yo) invertiría en la educación y más puestos de trabajo, mientras me decía para mí misma que cualquier ‘regalo’ o ‘donación’ era una inversión echada al agua. Razonaba que la Iglesia, aunque con intenciones genuinas de por medio, se empeñase en “dar de comer al hambriento y ayudar a los más pobres”, estaba haciendo esfuerzos improductivos. “La gente no necesita ni debe acostumbrarse a la compasión ni esperanzarse en la generosidad de los demás. Es un error que cometemos alegremente pensando que le hacemos un bien. Cuando creemos que hacemos caridad, en el fondo prolongamos su apatía, y en consecuencia, su pobreza.”- sentenciaba.

(…)
Y aquí me tienen, seis años después, hablando de estas cosas con alquilada demagogia, haciéndome la muy ya no ya. No tengo ni el plan ni el entusiasmo de formar la dichosa empresa, y mi flojera sobrepasa el metro cuarenta y ocho que tengo. Y aquí estoy, chi chic chic, tecleando cómodamente estas palabras en el computador, mientras allá afuera se mueven personas tratando de sobrevivir en esta vida, cada uno a su modo.

Y no es que esté jactándome con todo esto, pero todavía suben niños tratando de convencerme para comprarles sus gomitas Frugelé. Y yo no sé qué hacer.



[Fuente Imágenes: Trabajo infantil, zapaterito ]

2 comentarios:

  1. Hace muchos años estaba en similar "dilema", pero entendí que hay que DAR. No por ellos sino por uno mismo. Estamos en esta vida para abrazar la Bondad o ser mediocres como todos (incluidos los que piden o venden cositas en paraderos y avenidas). No "prolongamos" su mediocridad porque esta es eterna -lamentablemente- pero sí podemos cambiar nosotros, por dentro, dando algo con buena intención y sin recriminar o encarar lo que se da. Si te venden algo, acéptalo porque es el trabajo que ellos se han creado para sobrevivir (de la manera en que creen que deben sobrevivir); si te piden una moneda, dales una o un paquete de galletas o un caramelo, siempre se recibe con gusto lo que es regalado (y más si es necesitado). El cambio empieza por uno, no por los demás y, siempre teniendo en mente que uno NO debe esperar que haya un cambio en los demás por algo que les damos o por alguna ayuda que les hacemos.

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  2. Sí,bueno, al menos yo, con los que tienen creatividad y buen humor nunca dudo: El otro día por ejemplo subió un payaso (porque estaba pintado de payaso) y escuché que una señora le dijo el clásico "todavía", pero el muy ocurrente le dijo:"Ah ya mami, entonces para cuándo más o menos podrás, pa' volver pe'" Eso nos hizo estallar en risa.

    En fin, con los niños me has dado una idea, pero aún me resisto a pensar en que la mediocridad es eterna.

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