lunes, 12 de julio de 2010

Lo que cuesta el trabajo

Los japoneses y los descendientes pertenecemos a una raza en la que el trabajo tiene un valor digno de altares. Lo digo por mis tías que se levantan a la cinco de la mañana y el cuerpo no sabe de reposos sino hasta las once de la noche; la misma rutina durante los siete días de la semana. Con similares ejemplos me encuentro al prestar atención en las conversaciones que se dan eventualmente entre paisanos (nikkei), en las historias que narran de sus papás y abuelos.

¡Caramba! ,no es para tanto, ¿no creen?

Sí, seguro que pueden tildarme de haragana, floja, irresponsable, ociosa. Sí, díganmelo, que en verdad lo soy (qué malcriada, caray). Pero me parece que ni ustedes (los obsesivamente trabajadores) ni yo, estamos en lo correcto.
Como todo en la vida, nada es malo en realidad sino está en los términos exactos, en las proporciones adecuadas, en el punto medio, en el ni muy muy , ni tan tan.

Pues verán, en lo que a mí respecta, creo que en parte tienen la culpa la cultura acostumbrada a medir la felicidad del individuo de acuerdo a los éxitos obtenidos, la fortuna acumulada. Esta cultura aplaude la dedicación esmerada al trabajo (y no importa si eso te hace sentir realizado o no), los esfuerzos, qué importa, aun cuando son en vano.

La gente aplaude al hombre trabajador que se queda hasta tarde concentrado en sus actividades laborales (no importa qué cosas se queden rezagadas por esto). La gente alienta a aquéllos madrugadores y trasnochados que en medio del sueño y el cansancio siguen con el mazo dando. No importa el índice de estrés que con ello acumules, eres un hombre trabajador y debes ser halagado.
Es increíble cómo algunos se esfuerzan en acumular bienes, asegurar económicamente su futuro y el de los suyos, en amasar una fortuna que hasta le será casi imposible disfrutar. Mirarlos tan entusiastas, me conmueve, pero me da pena.

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Pero, ¿quién no ha de quejarse de que el tiempo no le alcanza? Basta con ponerse a pensar un poquito para darnos cuenta que, precisamente aquéllas cosas a las que le dedicamos más tiempo, no nos hacen feliz. Son solo cosas que nos mantienen con vida y un tanto ocupados.

Se piensa que con tener plata, casarse y tener hijos, ya tienes la felicidad garantizada. Y por eso hay quienes se empeñan eternamente en ahorrar y ahorrar, sin parar, y así asegurar la estabilidad económica de la familia. Pero a veces es necesario decir,como lo diría Fernando Ampuero, paren al Mundo que yo aquí me bajo y detenernos a reflexionar sobre lo que estamos haciendo con nuestra vida, sobre la cantidad de tiempo y esfuerzo que invertimos en nuestra realización, en cosas que nos llenan, actividades que nos satisfagan, pequeños ratos de felicidad.

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Con el tiempo he ido aprendiendo a ver las cosas desde una perspectiva más relajada. Si antes me la pasaba estudiando mongolitamente (sorry’s para los estudiosos, están en todo su derecho de quejarse) todas mis asignaturas escolares, obteniendo notas sobresalientes pero sintiéndome a veces un tanto infeliz, vacía; llegué al día en que en una ráfaga de iluminación, me di cuenta que por ese camino no debía seguir. Mientras antes creía que en función del esfuerzo recibías los bienes, incluso la felicidad, ahora creo que no hay por qué esforzarse tanto, toda bruta una, creyendo erróneamente que ya llegará el tiempo de la cosecha. Ahora creo que hay que trabajar, estudiar, esforzarse, sí, pero con la lucidez suficiente como para encontrar el equilibrio; que hay que empeñarse, sí, pero no tan entusiasmadamente. Ahora creo que solo los esfuerzos inteligentemente dirigidos, con razón de ser, y no porque sí, te garantizan el éxito. Pero no un mero éxito, sino justamente aquél que te haga sentir plena, te arrebate una sonrisa.

Con el tiempo que he ahorrado gracias a aplicar esta regla, es que me dedico a distintas actividades que me mantienen emocionalmente activa, viva, es decir, los pasatiempos como escribir(el cual tiene un efecto enormemente liberador en mí- ustedes son víctima de mis distintos disparates y pastruladas-), jugar ajedrez, escuchar buena música, resolver kakuros, ver una buena serie o película, hacer origami o tocar la guitarra.

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Si tú eres feliz trabajando, ve nomás. Pero no me vengas después a mí con tu cara de amargado, quejándote de que estás cansado, harto, que tú nomás eres el que todo lo hace. Mira que tú mismo eres el que así lo ha decidido.




Post Post: Nadie ha dicho que la imagen de arriba es un reflejo de la realidad, por si acaso.

1 comentario:

  1. Cierto que no es para tanto; además, el cuerpo es de costumbres, si estamos acostumbrados a negar nuestro reloj biológico podemos hacer las cosas que la sociedad nos exige en detrimento de nuestra propia tranquilidad y desaprendiendo a ser felices. Cierto que dan pena aquellos abnegados que trabajan toda su vida buscando aprobación ajena pero nunca aprenden a disfrutar de las cosas de la vida, del dinero que acumularon... nunca ven un atisbo de felicidad. Mucha verdad en este artículo, ojalá que alguien con la vida "recta" pero torcida al fin, lea y reflexione; ojalá que un adolescente lo entienda y tome la vida con relax y en balance, ojalá que un viejo lo lea y se pause para pensar y aconsejar tomar todo con calma. Esa calma falta, por eso el mundo avanza tan rápido, sin respiro y con el reloj tictaqueando en el cerebro... estúpido invento humano, el reloj, vano intento de controlar lo que debemos aceptar como es, como viene, como nos lo da el universo (la vida o dios, como quieran llamarlo).

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