lunes, 31 de mayo de 2010

Llamadas anónimas

Esta ociosidad mía no es un rasgo reciente. Lo vengo arrastrando de hace muchos años. Recuerdo que de niña, cuando no tenía nada qué hacer, pensaba un y mil disparates que en su mayoría, terminaba por realizar. Aquí les dejo con una selección de mis ‘travesuras telefónicas’.

1. Jorge Aravena. Año 2002. Tenía once o doce años cuando en la tele’ transmitían Secreto de Amor, una novela protagonizada por el actor peruano- venezolano Jorge Aravena y la guapa Scarlet Ortiz. Enterada de la nacionalidad del referido, presurosa, cogí las Páginas Blancas y ubiqué rápidamente el numerito del churrísimo (lo era para mí, en ese entonces) modelo y actor, y marqué los dígitos en el teléfono.

-¿Aló? –oí de una voz amable y varonil, al otro lado del auricular.

-¿Con Jorge Aravena?, dije yo, modulando la voz, tratando de parecer más delicada, pero no una niña.

-Sí, con él…- respondió pausado el cuerito, que por cierto, tenía una voz relajada, sexy, fresca, como recién salida de la ducha. (Ya me lo alucinaba en bata de baño, el pelo mojado y despeinado, el aliento a menthol)

-Ah!, buenas noches, respondí al instante, en forma automática y nerviosa.

-Buenas noches- me replicó él, bastante calmado, muy amable, al parecer, sin saber quizá que estaba perdiendo sus minutos con una mocosita que no tenía nada qué hacer .

“Y qué diablos digo ahora”, pensé de inmediato. Qué cuentito le inventaré para mantenerlo al oído, me dije, rebuscando y estructurando un plan que sirviera. Sin embargo, colgué, sonrojada, carcajeándome en efecto retardado de la tontería que había sido capaz de hacer. Tenía el valor suficiente para hacer una llamada, pero no la ‘cancha’, la soltura, la ‘conchudez’, la maestría y el profesionalismo con la que cuentan los bandidos de Damián y El Toyo o los chicos de “Mal Elemento” en Studio 92.

2. Número restringido. Ahora sí. No creo ser de las pocas que lo han hecho. Pero confiésenlo, no me digan que nunca han agarrado su celular y han marcado, en modo privado, el numerito del chico(a) que les gusta. Yo lo he hecho varias veces.

Un día tuve la suerte de conocer el número de uno, y, semanas después, movida por la curiosidad de oír su voz, o porque simplemente lo extrañaba, de algún modo, y oírlo hablar en mi oído con un mísero “¿hola?”, involuntario, claro, pero bastante alentador, ya era suficiente. Cogí el aparatillo, programé la llamada incógnita, y el pobre, inocente (ojalá que de veras haya sido él) pronunció:

-¿Aló?(…). ¿Hola?...

De hecho, como no me conocía, ni siquiera podía entablar una conversación casual o tener una razón provocada y a propósito. No iba a decirle “Hey, qué tal, soy Paty, y tú,¿ cómo te llamas?”. O “Oye, bonita noche la de hoy,¿no?”.

Con el corazón en la garganta, las emociones a flor de piel, una alegría interna que me inundaba toda, yo, cobarde, colgué. Fue una llamada de trece segundos que mantuve en el historial de mi celular por varias semanas.

3. Hablando con la mamá. Haciendo mis actividades detectivescas (tengan mucho cuidado conmigo) encontré su número perdido en la red (sigo hablando del mismo chico de arriba). Era del teléfono fijo. Aprovechando una de las promociones de Movistar que tenía en desuso en mi celular, marqué dubitativa:

-¿Aló? ¿[el nombre de él]?, me contestaba ella, con una voz muy maternal.

Claro, yo no dije nada, y colgué unos segundos después, luego de pensar que, definitivamente, estaba muy ansiosa esperando la llamada de su hijo. ¿Por dónde se habría metido el bandido? ¿Qué travesuras estaría cometiendo?. No lo sé. Pero lo que sí es que decidí no volverlo a hacer. Pobre madre, con qué preocupación la estaría dejando, y lo que es peor, preocupándose inútilmente porque a una señorita torpe y tonta como yo, se le había ocurrido semejante ociosidad.

4. Los mensajes desconocidos. Siempre he sido de las chicas que, cuando alguien le gusta, lo disimula tan bien (eso es lo que creo hasta hoy) que ni siquiera mi círculo más cercano se da por enterado. Tampoco soy de las que lo cuentan a sus amigas. Siempre me he enamorado secretamente (aunque enamorarme, creo que solo lo he hecho una vez) y para mí es tan natural y normal seguir llevando ese amor en la clandestinidad. Todo lo que hacía en ese entonces era bien guardarme todo para mi solita, o escribir compulsivamente cada una de mis historias sobre un cuaderno borrador (una práctica que, todavía no abandono totalmente).

El hecho que ahora sea tan abierta, menos reservada (menos estreñida, como me lo diría Jeannecita), que lo cuente casi todo y lo deje todo así, vulnerable, es porque, precisamente, he abandonado el misterio. Los chicos que una vez me gustaron, hoy me gustan menos. El chico que quiero (“amo” me suena muy fuerte), sabe que lo quiero.

Y ocurre que, si alguna vez alguien recibió un mensajito en el celular, probablemente proveniente de esas páginas gratuitas de internet, inesperado e intrigante, en su cumpleaños, vísperas de navidad o día cualquiera, pues, debe ser una pura coincidencia.

5. Luis Jaime Cisneros. Otro de mis ‘proyectos’ fue recitar a paporretas mis poemas de incipiente trovadora inspirada. Quería que escritores ‘de peso’ oyeran(a base de torturas) mis creaciones literarias y se quedarán pensando en el inusual talento de la otra chica que les hablaba del otro lado del fono. Fiel a mi cualidad de querer llamar siempre la atención, quería pues, impresionarlos.

[Uno de los tantos escritores fue el ‘oso hormiguero’ en cuya prosa poética encontré una exploración inusitada del lenguaje. Antes de Martín Adam, él era un modelo (lo era para mí) de nueva poesía, un juego desordenado de palabras que van cobrando sentido al compás del quien lo lee. De ellos aprendí a dejar los términos extraviados, casi a medio decir, para que sea el surrealismo de cada quien el que los administre, y le den, cada uno a su modo, una forma nueva y original, una vida propia.



Muchos podrían creer, recontra equivocadamente, de que “uy, ésta se ha devorado todos los libros de Antonio Cisneros y Martín Adam”. Pero, valga la aclaración, solo estoy basando mis pseudocríticas en base a dos poemas que leí en un suplemento dominical de El Comercio (en el caso del ‘hormiguero’) y a un brevísimo texto escolar que empezaba con un “Mi primer amor fue Catita…” (en el caso de Martín Adam). Bueno, acostúmbrense ya a mis exageraciones. Por algo soy parlanchina: Leo muy poco, hablo bastante, y la mayoría de veces, puras tonterías.]

Felizmente y en buena hora que me llegó una ráfaga de lucidez y evité así un rechazo y bochorno innecesarios. Desde ese entonces dejé de consultar las guías telefónicas. Ahora soy más moderna: Busco cuentas de correo electrónico.

Ja!. Era una broma.

Post Post: Hubiera querido colocar una foto (comprometedora) de Jorgito Aravena, pero estoy en las computadoras de mi Facultad y tengo que guardar 'respeto académico'.


1 comentario:

  1. Es bueno realizar todo lo que se nos ocurra y, mejor aún, es asumir las consecuencias que estos actos traen consigo. Lo interesante de hacer todo lo que uno quiere y desea es que se convierten en anécdota unos años después, como complemento a conversaciones o como catarsis pública en algún diario si es que este nos quiere publicar.
    Imagino que por tu forma de ser, a los lectores de más de 40 insuflas una ola de energía, de aquellas que uno tiene pero que se pierden cuando se creen las cosas que "se deben hacer" conforme se va "madurando".

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