lunes, 26 de abril de 2010

El Ajedrez y yo


Tenía unos seis años cuando un amigo nos enseñó (transgrediendo horrorosamente más de una regla) a mi hermano y yo, a jugar al ajedrez. Pero no quedé de ningún modo encantada. Preferíamos pasar las horas jugando al popular ‘Monopolio’, ‘Millonario’, ‘canicas’, ‘chapadas’, ‘escondidas’, y otros jueguillos por el estilo, antes que pasarlo frente a ese tablero de sesenta y cuatro escaques con piezas frías, inanimadas.

Pero fue a los doce, mientras hojeaba el suplemento deportivo de El Comercio para enterarme de alguna buena nueva del fútbol nacional, cuando tropecé, por grata casualidad, con un cuadrito lleno de números y letras:

"1.d4 d5 2.c4 c6 3.Cc3 Cf6 …"

Por allá, a fines de enero y principios de febrero del 2003, se llevaba a cabo un duelo en la que un humano se enfrentaba a una máquina: El gran Kasparov, ex campeón mundial del deporte ciencia y considerado para muchos el mejor de la historia, versus ‘Deep Junior’, un programa de ajedrez que calculaba millones de jugadas por segundo.



Atraída e intrigada por el significado de esa extraña combinación de letras y números, rebusqué entusiasmada un tablero polvoriento que había quedado olvidado entre mis cajones con polilla. Guiada por la numeración de las filas y el letrado de las columnas de mi tablero, conseguí, poco a poco, reproducir la partida en la que el buen Kasparov, con las blancas, terminaría perdiendo.

Pero estaba maravillada: No solo había interpretado, lo que se llama la ‘nomenclatura ajedrecística’ sino que aprendí de paso, cómo se efectuaba el enroque, el verdadero enroque, el que mal me enseñaron cuando era infante.

Ésa fue la vez en que descubrí la belleza del juego ciencia.

Movida por el entusiasmo, vacié toda la ‘biblioteca’ de la casa, buscando diccionarios y enciclopedias que me hablaran de las reglas del juego, de campeones de ajedrez. De pronto, un tablerito de 10 cm2 con piezas imantadas se había convertido en un implemento infaltable que iba camuflado en mi mochila escolar, listo para ser campo de batalla para con todo aquel que se atreviera a retarme (y a perder).

Ya a los catorce, por esas oportunidades que te da la vida o de las que te consigues por allí, participé en un campeonato de verano realizado en la sede central de la FPA (Federación Peruana de Ajedrez), en el Estadio Nacional. Separando (injustamente) la competencia entre hombres y mujeres, me tocó disputar la final con una niña de unos ocho o nueve años. Haciendo alarde de una ingenua confianza, dentro de mí me dije: “A ésta le gano como a toditas las demás”. Pero antes de terminar la frase en mi cabeza, me empotraron un reloj de ajedrez:”¡Oigan!, nadie me dijo nada sobre relojes”- reclamé para mis adentros. Estaba aterrada. Era muy lenta e indecisa, y encima me ponían ese bendito aparato que controlaba cada segundo de mi tiempo.

Cuando el reloj se puso en marcha, tres minutos para cada una, malditos tres minutos, ya sentía que la partida había terminado. Comencé a hacer movimientos torpes y nerviosos, dejé comer tontamente algunas piezas; y la muchachita, pequeña pero madura, mocosa pero segura, había empezado a aplastar todas mis ideas de grandeza del principio. Al final, la enana me ganó. Por tiempo, pero ganó. Con algo de vergüenza, le extendí mi mano de perdedora a la niña, y caminé con mucho roche hacia la improvisada ceremonia de premiación, y me fui, alegre al fin y al cabo, con mi bolsa de HALL’S y mi diploma y medalla de segundo puesto.

Tres años después, ya en la universidad, participé en un campeonato interno de mi facultad, en la que terminé siendo parte del seleccionado que intervendría en el interfacultades de la universidad. Pero por “x” razones, no volví a jugar.

Y ahora, pienso sacarme el clavo. Estoy de vuelta. Quiero revivir esas viejas y tontas ilusiones de púber, de aquéllas en la que quería ser campeona mundial. Quiero seguir enfrascándome una y otra vez, bajo los efectos hipnóticos de cada bella y mágica jugada de Radjabov, Anand, Polgar, Nakamura, Kasparov, Topalov, Carlsen. Quiero enseñarle a mi hijito (el día en que lo tenga) cómo se mueven las piezas;empeñarme a desarrollar con él todas esas cosas que los expertos le atribuyen a ese juego: Que estimula la creatividad, que mejora la memoria y la concentración, potencia la capacidad de analítica, lógica y reflexiva, disciplina la mente, templa el espíritu, explaya la imaginación.

Pero por sobre todo, quiero continuar mi pasión por el ajedrez.

1 comentario:

  1. Estoy seguro que seras una gran madre paty chan!!! la inteligencia se hereda de la madre ... el gran grigori perelman su madre lo entreno en matemáticas ..y ya ves =)

    ResponderEliminar